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Enfoque Jorge Vargas Cullel jovargas@nacion.co.cr. Las aspiraciones de Costa Rica a un puesto en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas se mueven por aguas turbulentas. Pareciera que no será una candidatura regional que represente al bloque latinoamericano o, cuando menos, a nuestros vecinos centroamericanos y caribeños. La fría recepción que la XVI Cumbre Iberoamericana de jefes de Estado y de Gobierno dio en noviembre del 2006 a la iniciativa delConsenso de Costa Rica no es un buen augurio. Los líderes se limitaron a tomar nota y efectuar consultas sobre nuestra principal propuesta internacional, “una idea para que organismos y países perdonen la deuda a las naciones que invierten en educación y salud, en lugar de armas y soldados”. Contra lo esperado, Costa Rica no ha emergido como un líder continental, a pesar de impulsar ideas globales como el Consenso y la más reciente iniciativa de “Paz con la naturaleza”. La principal oposición a la candidatura tica probablemente surgirá de América Latina, especialmente Venezuela y Cuba, con los cuales el Gobierno ha tenido duros duelos verbales, y quizá Nicaragua. Nuestras aspiraciones tampoco despiertan mucha simpatía en el Gobierno estadounidense. La agenda que Costa Rica empujaría en el Consejo de Seguridad le produce alergia. Junto con otros, nuestro país ha estado abogando por una reforma a fondo de las Naciones Unidas. Nuestra presencia procurará fortalecer la aplicación de las normas del Derecho Internacional, gravemente dañadas por las aventuras de Mr. Bush en Irak. Un derecho internacional eficaz es vital para la supervivencia del país, pues carecemos de ejército (ABC de nuestra seguridad que el expresidente Pacheco olvidó). Sin embargo, aunque EE. UU. arrastra tras de sí algunos países, su posición internacional está debilitada. Puntos a favor nuestro son el presumible apoyo de la China Popular, los países europeos y algunas naciones del mundo árabe. Los grandes de nuestra región también apoyarían (Brasil, México). Sin embargo, eso no alcanza. Los votos de África son clave y el respaldo mayoritario de América Latina y El Caribe es vital. Bien pudiera ser que nuestra competencia surja de ahí, no tanto en manos de una candidatura venezolana o cubana, que tendría bajas probabilidades, sino de un país con un perfil internacional moderado. Pese a las dificultades, nuestra presencia en el Consejo de Seguridad, además de conveniente (siempre es mejor estar dentro que fuera), es necesaria para impulsar nuestras ambiciosas propuestas internacionales. En esto, bien cierto es que París vale una misa.
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