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Un año de ausencia La “llama” de Fidel Castro cada vez luce más tenue ante la realidadLas opciones de cambio son pocas, pero deben ser estimuladas Ya ha pasado un año desde que, el 31 de julio del 2006, el dictador Fidel Castro, mediante un comunicado leído en la televisión cubana, anunció su separación “temporal” del poder y la entrega del mismo al sucesor dinástico, su hermano Raúl. En un artículo con motivo de ese aniversario, publicado este miércoles en el diario oficialGranma , y presuntuosamente titulado “La llama eterna”, el octogenario mandamás se concentró en dos temas centrales: que seguirá “luchando” por su salud hasta una supuesta recuperación total, y que, en estos 12 meses, “el propio Raúl se ha encargado de responder que cada decisión importante a medida que me iba recuperando era consultada conmigo”. Es decir, un intento por hacer ver que muy poco ha cambiado, y que muy poco cambiará. Sin embargo, a pesar de las intenciones de ambos Castro y su círculo inmediato de poder, la realidad está imponiendo urgencias que les impiden permanecer por más tiempo en el inmovilismo total. Esto es lo que explica que, en el discurso conmemorativo del 26 de julio, la fecha más celebrada por el régimen, por marcar el inicio de la lucha contra la dictadura de Fulgencio Batista, Raúl se vio obligado a enunciar ciertas posibilidades de cambio. Por un lado, reiteró una disposición expuesta meses atrás, de apertura al diálogo con una nueva administración en Estados Unidos, algo mucho menos importante que lo segundo: su reconocimiento de las enormes penurias que viven los cubanos, y de la necesidad de reformar aspectos importantes de la disparatada política económica (aún atada al centralismo totalitario), para, al menos, incrementar la producción de alimentos y estimular inversiones externas. De ese discurso, presuntamente “consultado” con su convaleciente hermano, se desprende que la opción de responder a los problemas económicos con más centralización, control estatal y combate a los microproductores independientes ha sido descartada. En su lugar, pareciera insinuarse una dirección algo más pragmática, aunque lenta, hacia un tímido capitalismo controlado. Es algo. El segundo Castro, sin embargo, no dio ningún asomo de disposición a la reforma y el diálogo allí donde se tornan más urgentes y necesarios para una mejora sustancial en las condiciones de vida generales de los cubanos. Nos referimos a una apertura hacia adentro, hacia los propios ciudadanos, y de un cambio que abra espacios de libertad política y, de este modo, estimule un proceso de transición pacífica de la dictadura totalitaria a modalidades de poder más democráticas. Ante el silencio en este ámbito, resulta de crucial importancia el llamado que el disidente católico Oswaldo Payá, el abanderado más legítimo de quienes, desde la oposición al régimen, promueven vías de cambio pacíficas, formuló tras el discurso de Raúl el 26 de julio. En un texto colocado en Internet, reiteró la necesidad de abrir las posibilidades para la confrontación de ideas y, eventualmente, un proceso electoral realmente libre dentro de la Constitución actualmente en vigencia. Dada la terrible situación de la isla (al fin reconocida oficialmente) y el agotamiento absoluto del modelo de Estado centralista y represivo impuesto por 48 años, tímidas reformas de “capitalismo dentro del totalitarismo” difícilmente serán suficientes como alivio temporal a las penurias inmediatas; menos, como vía para el futuro de la isla. Lo inteligente, de parte del régimen, sería oír el clamor de los disidentes como Payá, y darle a su limitada plataforma de cambio un giro más determinante. Pero como esto es muy improbable que se produzca a corto plazo, la comunidad internacional tiene una enorme responsabilidad hacia los cubanos, y consiste, precisamente, en estimular todas las opciones posibles de avance hacia la transición democrática. Hacerlo no será nada sencillo, dada la naturaleza cerrada del poder castrista, pero las oportunidades que se han abierto, aunque muy estrechas aún, son mucho mayores que en el pasado. Por esto hay que aprovecharlas al máximo, con verdadera disposición para que Cuba pueda salir del oscurantismo y ver la luz de la democracia.
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