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Jueves 02 de agosto, 2007 San José, Costa Rica. |
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Futbol Entre los dos equipos utilizaron 43 futbolistas; morados hicieron 15 cambios Gustavo Jiménez M. gujimenez@nacion.com Saprissa tenía la obligación de vencer anoche a Peñarol. Primero, porque estaba presentándole el equipo a sus aficionados, y era deber como anfitrión ofrecerles la mejor primera impresión. Pero también había que castigar el menosprecio de los uruguayos, que irrespetaron al bicampeón costarricense al enviar un equipo de categoría inferior, al mando del asistente técnico. El futbol utiliza un código de honor diferente: cuando el rival está diezmado, la obligación es maltratarlo todo lo posible.
Pocas veces un club tico tiene la opción de lucirse ante un “grande” del continente. Al menos grande en historial, porque Peñarol presentó ayer una pálida versión que solo atinó a poner candados en su área todo el encuentro. Fue uno de esos partidos al estilo del gato contra el ratón. Saprissa dispuso de tres cuartos de cancha para idear algún acceso a la portería rival. Los uruguayos, encuevados, se dedicaron solo a esperar las embestidas. José Luis Cordero fue el jugador tibaseño más activo en el rato que le tocó actuar. Porque el cuerpo técnico local decidió utilizar los más altos principios de la democracia para diseñar su formación: todos pudieron jugar.
El desfile de cambios de ambos clubes le restó solemnidad al partido, que de por sí destilaba informalidad desde que trascendió el equipo segundón que los suramericanos mandaron a Costa Rica. En total jugaron 43 futbolistas entre los dos equipos. Solo faltó Ever Alfaro, y eso porque todavía no se recupera de la lesión. Cerrojo. La prioridad visitante era volver a casa presumiendo de que el campeón costarricense no le pudo ganar ni siquiera a un equipo casi de categoría juvenil.
Lo consiguieron, aunque para ello hubo que renunciar impúdicamente al ataque. Los guardametas saprissistas vieron el encuentro a lo lejos, porque todo lo importante ocurría al otro lado de la cancha. Alonso Solís y Jairo Arrieta probaron los guantes del arquero uruguayo Sebastián Sosa, uno de los puntos altos de su equipo. Los jugadores aurinegros heredaron esa garra que la genética le da a los equipos de aquel país. Soportaron 90 minutos de presión ante un contrincante empeñado, casi obsesionado, en regalarle una primer alegría a su afición. Mas, la fiesta terminó sin pólvora. Cero a cero inquebrantable. Pese al disgusto que se habrán llevado los aficionados, siempre es posible rescatar alguna lectura positiva: el aporte de José Luis Cordero en el primer tiempo, un par de lujos de José Luis López y, en general, la actitud para ir siempre en busca del arco oponente. Aunque tampoco es como para envalentonarse. Una cosa es que en la cancha hubiera 11 camisas amarillo con negro, y otra es que esa fuera la mejor versión del mítico cuadro suramericano. Porque si de verdad el Peñarol de anoche es de lo mejor que tiene Uruguay, el futbol charrúa corre peligro de muerte.
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