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En Vela Julio Rodríguez envela@nacion.com Si el Gobierno actual logra redimir a la educación de su mediocridad, hermanar la cobertura con la excelencia, apasionar y dignificar a los educadores, colocar el valor ético del esfuerzo y de la responsabilidad en su pedestal y en las conciencias, y, en fin, desterrar por siempre los miasmas del pedagogismo o, lo que es lo mismo, la herencia nefasta de John Dewey de nuestro sistema educativo… pasará a la historia. Tarea de titanes. Es imposible hacer tanto en tan poco tiempo, pero, al menos, pueden echarse los fundamentos. Las siguientes declaraciones, ayer, en La Nación , de la viceministra académica de Educación Pública, Alejandrina Mata, recogen esta nueva visión: “Queremos combinar contenidos con el desarrollo de competencias académicas que les permita a los alumnos ser más exitosos, que tengan mayor dominio de la lectura, comprensión oral, expresión escrita, investiguen y más desarrollo de destrezas de análisis lógico”. Según decían los latinos, “non multa, sed multum”, no muchas cosas, sino mucho (calidad), que la esencia no viene en toneles, es decir, según comentábamos recientemente, de la mano de Montaigne, “es mejor una mente bien ordenada que otra muy llena” o vacía... Los programas de estudios, además de desfasados, son superficiales y repetitivos. Necesitamos un “programa común”, evolutivo, que deje huella, marco y estrella polar de una cultura común. La cultura, como expresa un miembro del Comité Nacional de Programas de Francia, no es un signo de pertenencia a una élite o a un saber utilitario, sino aquel bien que nos permite una existencia social, comprender el mundo en el que vivimos y encontrar allí un lugar. Sin este dominio elemental del instrumento orientador en la sociedad (la educación, la cultura), credencial de reconocimiento y de respeto, estamos condenados a la violencia. Lo estamos viendo. Tenemos que salvar a nuestros niños y adolescentes del aburrimiento, que no es sino falta de sentido y tiempo vacío (el vacío del porvenir en el presente, como se ha dicho), no adaptando la escuela a los deseos de los estudiantes (escuela estadounidense), sino, como se nos enseña, los deseos de los estudiantes a la escuela, y, por ello, preeminencia del esfuerzo sobre el placer inmediato, del trabajo sobre el juego, del ejercicio sobre el espectáculo, sabedores de la trascendencia de guiar una voluntad más que de suscitar un deseo y de aprender más que de seducir. El buen educador es aquel que sabe suscitar y valorar el gusto por el esfuerzo y el trabajo productivo. Así el sabor del esfuerzo, del aprendizaje y de la dificultad vencida logra llenar el tiempo y desplazar al aburrimiento. Una revolución copernicana tica.
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