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El diálogo


Regina Fuentes Duarte
regalfd@yahoo.com
Educadora

La capacidad intelectual del ser humano lo hace reflexionar. Su capacidad volitiva lo hace apto para actuar y su capacidad de libertad lo ayuda a decidir responsablemente. De estas facultades de la persona humana se deriva la necesidad que tenemos de expresarnos y de ser escuchados. Ahí está el origen del diálogo.

La persona humana siente la necesidad de compartir sus pensamientos, sus sentimientos, las metas y el proyecto de su vida.

El filósofo Ricardo Yepes Store, en el libro Fundamentos de Antropología , dice que el hombre es “un ser constitutivamente dialogante”, por eso habla y por eso escucha. Aunque tengamos dificultades para relacionarnos con los demás, la experiencia muestra que todo puede resolverse si existe la capacidad para un verdadero diálogo.

En su ensayo sobre El diálogo , la educadora María Adela Tamés señala que se logra el diálogo cuando se cumplen al menos tres condiciones:

Se habla y se escucha.

Se habla con sinceridad, yendo al fondo de las situaciones.

Se habla del propio mundo interior y de su relación con el del otro, sin hacer juicio de intenciones y sobre todo con el respeto que toda persona humana merece.

La falta de comunicación –aunque se hable mucho– daña los grupos humanos de trabajo, las familias, la sociedad, porque la vida social se fundamenta en la comunicación.

Condición fundamental. Si en cualquier grupo humano la comunicación es básica, en el caso de la familia podríamos decir que es fundamental. El diálogo de esposos entre sí, el diálogo entre padres e hijos, y el de los hijos entre sí, se fundamenta en el amor. Amor que lleva a compartir y que sirve de un amplio y acogedor pórtico para el diálogo íntimo.

Todos lo tenemos experimentado, la felicidad familiar no está en un simple repartir bienes materiales: está fundamentalmente en compartir bienes espirituales de amor, respeto por el otro, comprensión, ayuda, perdón, fidelidad, confianza, servicio, corrección, agradecimiento: en definitiva, de amor y de intimidad.

Sabiamente el escritor francés Antoine Saint-Exupéry decía: “Amar no es tanto vernos uno al otro, sino ver ambos en la misma dirección”.

Otro enriquecimiento que produce el diálogo es el conocimiento propio de los que dialogan en la intimidad. La familia es capaz de hacer que nos conozcamos porque nos ayuda a identificar nuestras limitaciones, a reconocer nuestras cualidades, a adquirir nuestra identidad, ayudándonos a desarrollar el papel que nos toca desempeñar tanto en la familia como en la sociedad. Así, el diálogo familiar viene también a ser uno de los componentes más efectivos en la formación y maduración de la personalidad humana.

Nuestro tiempo ha contado con personas de alto nivel espiritual y que han sido capaces de dialogar profundamente. Basta reflexionar en vidas tan ejemplares como las de la Madre Teresa de Calcuta y el papa Juan Pablo II, quienes han compartido copiosamente bienes espirituales con la humanidad, sin distinción de razas ni credos.

Incapacidad de amar. Por ello, las familias, podríamos decir las naciones, que no logran ningún nivel espiritual o tienen bajo nivel espiritual están distantes del diálogo que se ha hecho para compartir entre los generosos y no para repartir entre los egoístas.

El utilitarismo, que acaba con tantas cosas humanas, acaba también con el diálogo, porque el que se obsesiona por sacar utilidad material a todo es incapaz de dialogar y, por consiguiente, de amar.

Cuando las relaciones humanas se elaboran desde el espíritu, el diálogo se convierte en amor: matrimonial, paterno, filial, fraterno. Cuando ese amor se basa en la búsqueda del bien del otro, es cuando surge el verdadero amor, el amor de donación, que ya conocemos y al que todos aspiramos.

Aprender y enseñar a expresarse con libertad y verdad es prepararse para el diálogo, pero a la vez ha de desarrollarse la capacidad de escuchar, de comprensión y de ceder cada uno en aquello que sea necesario, sin ceder en los principios, para llegar a acuerdos que permitan vivir en común, participar de la vida de los otros, compartir sus preocupaciones y volver más humana la relación entre los miembros de una familia, de una nación.

Por esto el diálogo es el camino de reconstrucción y construcción de la civilización del amor.

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