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EDITORIAL

Brasil y Costa Rica

Pese a sus diferencias y vicisitudes, ambos países comparten la misma visión del desarrollo económico
El principal reto de de estas naciones es mejorar la distribución de la riqueza


El paralelismo entre Brasil y Costa Rica es muy ilustrativo. Uno es grande, rico y poderoso, y posee abundantes recursos naturales junto a una fuerza laboral que alimenta su mercado y permite desarrollar industrias de gran tamaño; el otro es pequeño, modesto y con una dotación limitada por la naturaleza, pero cuenta con una población calificada y una pujante clase empresarial, que le permite insertarse exitosamente en mercados más amplios y desarrollados, diversificando su producción y fuentes de divisas. A pesar de sus diferencias y vicisitudes, ambos países comparten la misma visión del desarrollo económico, basada en una combinación de estabilidad macroeconómica con sensibilidad social, que les ha rendido buenos frutos.

En los últimos años, los índices económicos y sociales mejoraron en ambos países, gracias a esa combinación de políticas económicas y sociales, y podrían mejorar aún más si se llegan a consolidar y profundizar. Pero también enfrentan grandes retos económicos, políticos y sociales. Brasil, a pesar de sus abundantes recursos físicos y humanos, no los ha podido potenciar al máximo pues se pierde en una maraña de burocracia, que encarece y dificulta la producción y hace difícil lograr mejores metas de crecimiento, disminución de la pobreza y desigualdad. Costa Rica padece de similares síntomas, pero, además, su centenaria democracia atraviesa por un periodo de ingobernabilidad que le impide aprobar con celeridad las leyes y tratados, de manera que pueda mejorar sus propios índices de estabilidad, pobreza y desigualdad. Ambas naciones, podríamos decir, comparten los mismos retos y oportunidades.

Después de desafortunados períodos de populismo económico y social, caracterizados por alta inflación, bajo crecimiento y deterioro social, Brasil adoptó políticas económicas sensatas y conservadoras en la administración de Fernando Enrique Cardozo. Las finanzas públicas se movieron rápidamente a un superávit primario, alrededor del 3% del PIB, suficiente para hacer frente a la deuda pública que gravitaba en la atracción de capitales y afectaba las cotizaciones de los títulos de deuda externa. El régimen cambiario se sustituyó por una flotación limpia y la política monetaria convencional se abandonó para adoptar el régimen denominado inflation targets , (metas de inflación) y poder controlar el incremento de los precios. Las tasas de interés se ajustaron hacia arriba para estimular el ahorro financiero (aunque recientemente han bajado un poco). Como consecuencia, la inflación se redujo a niveles de un dígito, el tipo de cambio se ha estabilizado (con las oscilaciones normales en un mercado libre), las exportaciones se duplicaron y el crecimiento de la producción, reacio durante varios años, ha comenzado a crecer más vigorosamente. Se espera que en el 2007 alcance un 4,5% en términos reales. La pobreza se redujo en una tercera parte gracias, entre otras acciones, al crecimiento y los programas sociales. En ese sentido, el mérito del presidente Lula es haber preservado las mismas políticas macroeconómicas que su antecesor, ampliando, incluso, el superávit primario al 4% del PIB, y complementarlas con programas sociales generales y sectoriales. Sin embargo, el principal reto pendiente es mejorar la distribución del ingreso.

Costa Rica se está orientando en la misma dirección. Durante la administración anterior, la política fiscal dio un vuelco significativo: se aumentó la recaudación tributaria, se contuvo el gasto y prácticamente se duplicó el superávit primario, con resultados positivos en la inflación, tasas de interés y la presión sobre el tipo de cambio y las reservas. La mayor estabilidad permitió atraer y estimular inversiones y el PIB comenzó a crecer a tasas elevadas (alrededor del 5%), estimulado por el crecimiento acelerado de las exportaciones. Además, se negoció el Tratado de Libre Comercio con EE. UU. y otros socios centroamericanos (TLC), para ampliar el proceso de apertura. La actual administración se endosó con entusiasmo el TLC y generó un buen grado de confianza que ha estimulado aún más la inversión y el crecimiento. Además, mantuvo la disciplina fiscal. También decidió iniciar un pausado pero bien orientado proceso de reformas monetarias y cambiarias, para controlar la inflación y sentar las bases de un crecimiento elevado y sostenido. La producción ha continuado expandiéndose, las tasas de interés y la inflación han bajado, el empleo se ha recuperado y se redujo levemente el índice de pobreza. Al igual que Brasil, el principal reto es mejorar la distribución de la riqueza.

Para lograrlo, Costa Rica y Brasil deben seguir por el mismo sendero, sin descanso, tratando de consolidar el equilibrio macroeconómico y profundizar las reformas pendientes en las áreas fiscal, monetaria, financiera y cambiaria (en el caso de Costa Rica), y asegurar la apertura comercial para lograr aún mejores resultados que los registrados en sus historias más recientes.

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