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Población y desarrollo Mauricio A. Soto Rodríguez mausot84@gmail.com Una cifra muy elocuente, que anduvo revoloteando en la mente de muchos intelectuales en la década de 1930, fue destacada por el economista alemán Werner Sombart: de 1800 a 1914, la población europea asciende de 180 a ¡460 millones de habitantes! A la contraparte europea del momento, Estados Unidos, le bastó un siglo para alcanzar 100 millones de personas. Para el 2007, China y la India, países en desarrollo que están sacando provecho con creces a la globalización, proyectan juntos 2.500 millones de individuos. La pregunta que tiene un rotundo no como respuesta es si estas potencias económicas alcanzaron su riqueza actual pese su creciente población. Revolución y desarrollo. El colosal avance europeo, sin precedentes, no se pudo dar sin la revolución industrial y el desarrollo tecnológico que trajo mayor crecimiento económico y libertad individual. EE. UU. no hubiera sido la potencia que es hoy sin la mano de obra que le permitió construir la infraestructura sobre la que se asienta su economía hoy. China e India no serían tan atractivos receptores de offshoring y outsourcing sin la gigante fuerza laboral que poseen. Lastimosamente, los lugares comunes son difíciles de olvidar y la falsa idea que somos pobres porque somos muchos es su más fuerte confirmación. Costa Rica, por ejemplo, necesita desesperadamente comerciar porque su pequeña economía es insuficiente para hacer rentables las grandes inversiones. Pero si vamos a continuar alentando esta errónea premisa, vale la pena tratar de explicar de dónde surgió y por qué la retuvimos con tanta facilidad. Rumbo perdido. A mí criterio, en el arraigo de estas ideas pesa el famoso modelo de crecimiento de Robert Solow (1956): la tasa de ahorro y la inversión están dadas –es decir, dependen de variables no explicitadas– y son la misma cosa. El crecimiento económico y la innovación tecnológica son parte de la acumulación de capital fijo. Al haber más ahorro y poco crecimiento poblacional, habrá cada vez más capital disponible por trabajador y, por lo tanto, mayor ingreso per cápita. Pero la realidad dice que es muy difícil traducir ahorro en inversión porque se necesitan innovación y crecimiento tecnológico. Para obtener innovación, se invierte en investigación básica, pero para tener investigación básica, se requiere antes investigadores y es entonces cuando la línea divisoria entre capital y trabajador se hace borrosa, hasta perderse hacia el concepto de capital humano. Con razón un proverbio chino reza: “Si haces planes para un año, siembra arroz. Si los haces para dos lustros, planta árboles. Si los haces para toda la vida, educa a una persona”.
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