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Sobre la resurrección del Señor La duda eterna y la ausencia de certezas son estados imperfectos del conocimientoMauricio Víquez Lizano Presbítero El artículo acerca de la resurrección de Jesús del señor Róger Churnside (Página Quince , 5/4/07) es un escrito interesante, un intento personalísimo de reflexión, pero, lamentablemente, un texto teológicamente muy inexacto y que prescinde de toda la reflexión realizada a lo largo de siglos de trabajo por esa parte intelectual del acto de fe que es la teología. Este dato, o sea, la inexactitud del manejo del tema de fondo del artículo que nos ocupa, es lo que motiva las presentes líneas, de cara a ampliar miras acerca de una cuestión que no es secundaria ni accesoria a la fe cristiana, sino esencial, y, por tanto, un punto que no se puede tratar de cualquier manera y sin tomar en cuenta todo lo dicho hasta ahora al respecto a lo largo de dos milenios. Método y revelación. A pesar de todo cuanto pueda decir la epistemología kantiana o las dubitaciones de algún filósofo de la ciencia por ahí, hay que decir que la duda eterna y la ausencia de certezas son estados imperfectos del conocimiento y se debe buscar la vía para superar una y otra. La teología ha buscado una reflexión progresiva que le ha permitido, a partir de su método, llegar a puntos firmes y sobre ellos trabajar incansablemente para seguir profundizando, mediante un trabajo serio, riguroso y eclesial, la explicitación de cuanto puede estar aún implícito en el objeto material de estudio al cual dirige toda su atención; esto es: la revelación. Y es precisamente el dato revelado el que nos permite acercarnos críticamente al texto del Sr. Churnside y nos impide recaer en enfoques inadecuados que, desde el mismo momento en que se inauguró la crítica textual aplicada a la Biblia y se abrió la discusión acerca de la historicidad de los evangelios, se han venido repitiendo una y otra vez a lo largo de los años desde Raimarus, pasando por Strauss, Kälher, Bultmann y más tarde Käsemann, Jeremias y Schürmann. Variadas posturas. A raíz de este breve artículo, tengo ante mí algunas obras sobre cristología y de teología fundamental, de autores muy variados en cuanto a enfoque, formación y hasta tradición. Se trata de textos de autores como el ya citado Käsemann, que, como sabemos, es protestante, lo mismo que González Faus, Dupuis, González de Cardedal, von Balthasar e Izquierdo. Y todos, sin excepción, pasan de los extremos del artículo de don Roger, que claramente disuelve la resurrección prácticamente en nada. Dejar la resurrección de Jesús reducida a un recuerdo, un sentimiento o un afecto suscitado porla chispa provocada por alguien se aleja radicalmente de la cristología contemporánea más elaborada. González de Cardedal hace ver que la resurrección se ha de mirar como una acción de Dios que recae sobre la entera persona de Jesús. Y agrega: “sustrayéndolo (así) al poder de la muerte y haciéndolo partícipe de la vida divina, que le permite manifestarse en el mundo de una ‘forma nueva’ (Mc 16,12) a como lo hizo a sus contemporáneos. La resurrección es personal y, por tanto, corporal”. Desde otra posición, para González Faus hablar de resurrección es hablar de meta superadora de la muerte. Aunque hay que ir más allá para no caer en simplismos. Así, Hans Urs von Balthasar nos dice que, aunque el Señor resucitado está corporalmente presente, es claro que lo está de un modo celeste inaprehensible, y en esto coincide con autores protestantes como Schlier o Barth. En lo académico. Obviamente, en este tema, el Magisterio de la Iglesia será muy claro y a la vez contundente, máxime si partimos de la afirmación paulina de la esencialidad de la resurrección para el significado de la misma fe cristiana. Sin embargo, para concluir, me parece interesante recurrir a un texto totalmente académico y nacido en ambiente universitario (Introducción al cristianismo, pág. 271), escrito por un joven profesor de teología de Ratisbona en 1967: “la fe no nació en el corazón de los discípulos, sino que les vino de fuera y contra sus dudas los fortaleció y los convenció de que el Señor había resucitado realmente. El que yacía en el sepulcro, ya no está allí, ha resucitado. El que ha entrado en el mundo nuevo de Dios, es tan poderoso que puede hacerse visible a los hombres, que en él el poder del amor fue más fuerte que el poder de la muerte”.
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