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En Vela Julio Rodríguez envela@nacion.com Desarmarnos y prohibir, con excepciones minuciosas, la venta e importación de armas. Lo exige la lógica de la paz. No es posible que cada día tengamos que preguntarnos si ya nos llegó la hora o si, al sonar el teléfono, vamos a recibir la terrible noticia… La masacre en la Universidad de Virginia Tech no debe pasar en vano, como un episodio más. Sería agregar la indiferencia o el olvido a la magnitud de la tragedia y a lo indecible del dolor. El asesinato, entonces, ya inhumano, nos despojaría de la razón de ser de lo humano: la capacidad de pensar para sobrevivir con dignidad y para ahondar en el abismo de la maldad, a fin de levantar, aun entre estertores, la bandera del bien y de la vida. Y el bien, que tiene muchas caras y oportunidades, como dimensiones la libertad, nos desafía, en nuestro país, hoy, a salvar la vida y la integridad física de las personas, amenazadas en todos los ámbitos, en el “hogar” y en todas las calles, como nunca habíamos visto en el pasado. (Bueno, en este mundo cambiante y asfixiante, donde la ley suprema es el relativismo, pues, al parecer, todo vale y nada vale por sí mismo, las comparaciones con el pasado pierden relevancia). Al menos, entonces, reparemos en el presente y, en este presente, que carcome segundo a segundo el futuro, enfrentemos con entereza el problema capital del respeto a la vida en todas sus formas y con ella la seguridad de bienes y personas. Esta cuestión vital nos interpela brutalmente: ¿hasta cuándo vamos a acumular estadísticas sobre el número de muertos cada día, cada fin de semana, cada Semana Santa, cada Navidad, cada…, en este país que abolió el ejército y, según dicen, le ha declarado la paz al mundo? Pues bien, si así es, seamos coherentes: desarmémonos, lo cual supone prohibir la venta de armas, con las salvedades del caso y un control implacable Así de simple, pues estamos armados hasta los dientes. Nuestra amenaza no reside en la fabricación de armas, como denuncian los que han hecho de la mentira un arma, sino en las armas, de fuego o de acero, que llenan el espacio nacional, al alcance de cualquier delincuente o desquiciado, como ocurre en EE. UU. Ningún país está libre de un Cho Seung-hui, en mayor o menor escala. Aprendamos de Corea del Sur, que ha bajado sustancialmente el número de crímenes precisamente por el control implacable sobre la venta de armas. El Gobierno debe llevar a cabo una batida general para desarmar a la población e impulsar una legislación rigurosa sobre la venta y posesión de armas. Se trata de una cuestión de supervivencia y del binomio vital: libertad-seguridad.
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