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Ecuador tras el referendo El camino hacia una constituyente abre inquietudes sobre el futuroLa democracia, además de elecciones, necesita un esquema institucional balanceado La contundente victoria del presidente ecuatoriano, Rafael Correa, en el referendo realizado el domingo, cuando el 85,1% de sus conciudadanos respaldó su propuesta para convocar a una Asamblea Nacional Constituyente, ha dado mayor fuerza a su Gobierno, ha legitimado su proyecto de “refundación” nacional, ha reducido los partidos opositores a su mínima expresión y ha abierto la vía para el replanteamiento total del panorama político del país. La gran pregunta, ahora, es si todas estas condiciones implicarán la consolidación de la democracia, o si se convertirán en un trampolín para el sometimiento del Estado y sus instituciones a modalidades de poder alejadas del ejercicio pleno de la democracia. Sobre la legitimidad del proceso no existe ninguna duda. De forma libre, y tras una campaña abierta, los ecuatorianos manifestaron claramente su preferencia. Los factores que incidieron en el resultado fueron diversos. En el origen está una enorme pérdida de confianza en los actores políticos establecidos, lo cual ya había conducido, en noviembre pasado, al triunfo de Correa en las elecciones presidenciales. A esto se suma una danza de promesas y reparto de prebendas desde que el nuevo mandatario llegó al poder, lo cual, junto a su energía y demagógico discurso, ha llevado su popularidad a niveles desconocidos en la historia de Ecuador. También influyó en el resultado el descontento acumulado de amplios sectores de la población, y el pobre manejo de los otros partidos en los recientes enfrentamientos con Correa por el dominio del Congreso. Sobre esta ola de frustración generalizada, desprestigio de sus opositores, creación de expectativas y “ángel” propio, el Presidente logró vender fácilmente la idea de la Constituyente, con una oferta de “socialismo del siglo XXI” sumamente imprecisa, pero similar a la retórica de su colega venezolano, Hugo Chávez. Por todo esto, la clave del futuro del país descansa, ahora, sobre dos variables esenciales: el enfoque que Correa le imprima al proceso a partir de ahora, y la capacidad de los demás sectores políticos para impedir un dominio oficialista absoluto en la Asamblea que será elegida tras el referendo, la cual estará por encima de los demás poderes del Estado. Es posible que los partidos derrotados en el referendo puedan reagruparse y lograr un mejor desempeño con sus representantes a diputados constituyentes. Mientras más sólidos sean sus candidatos, más inteligente su campaña y mayor su capacidad de movilización, mejor será su resultado. Sin embargo, difícilmente podrán constituir una fuerza significativa, lo cual augura tiempos difíciles para el equilibrio y la negociación en la futura Asamblea. Los mensajes de Correa y sus aliados, hasta ahora, aunque con cierto margen de ambigüedad, han sido, esencialmente, inquietantes. En la parte positiva está la promesa de mantener la seguridad jurídica y no estatizar los medios de producción. Sin embargo, la negativa a concertar con los partidos, la retórica de una “batalla final” en los próximos comicios y la tendencia a desconocer por completo las instituciones actuales, son suficientes para abonar las inquietudes sobre el avance hacia un modelo de ejercicio autoritario del poder, desde un origen electoralmente sustentado, pero con prácticas alejadas de la democracia. La verdadera vida democrática de un país no se puede basar ni legitimar, únicamente, sobre unos procesos de votación iniciales. Esto es esencial, porque la democracia sin elecciones libres no puede existir. Pero tampoco puede mantenerse sin un esquema institucional balanceado que, entre otras cosas, respete a todos los sectores políticos y sociales, y establezca canales adecuados para la alternabilidad gubernamental, para los comicios periódicos, para el rendimiento de cuentas, para la independencia de los poderes (Legislativo, Ejecutivo y Judicial), y para la libertad de expresión y de organización. Hasta ahora, nada de lo anterior ha aparecido en el horizonte retórico de Correa. Por esto, la preocupación por el curso que pueda imprimirle al país. Y por esto la necesidad de que la oposición haga lo posible por mejorar su desempeño de cara a los ciudadanos.
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