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Enfoque Jorge Vargas Cullell jovargas@nacion.com Como estoy hasta el copete de oír que fulanito es analista, que zutanito también y hasta que Varguitas es analista, acudí precisamente al diccionario para aclarar la cosa. Analista: “Observador habitual de un campo de la vida social”. Caramba –me dije– he aquí una definición incluyente: en principio, cualquier ser humano en uso de sus facultades. Entonces: ¿cuál será la gracia de un analista? ¿Qué espera de él la gente? Sí, sobre todo esto, ¿qué espera la gente? Hice introspección: en su columna semanal, Varguitas habla del referéndum, de relaciones internacionales, de energía, del futuro del Poder Legislativo y hasta de Guanacaste en el siglo XXII. Salta de un lado a otro y comenta lo que le viene en gana. ¿Qué es lo que sabrá Varguitas de todo eso? Quizá sea un sabio renacentista como aquel que a inicios del siglo XVI inventó el mercadeo al promocionarse entre las cortes europeas diciendo que era capaz de “hablar de lo divino, lo humano y un poco más”. Pero, mentiras, quien escribe garantiza que Varguitas nada tiene de sabio europeo, ni es pianista colosal o escritor inconmensurable. Varguitas es analista. A como está la cosa, hasta él pone cara de serio, se enfunda la corbata y, listo, dispara frente a un micrófono: “la situación es compleja”; “la constitucionalidad de la acción pública equis...”; “los sumerios firmaron el primer TLC con los hititas..”; “el desarrollo integral...” Si todo perro tiene su cuarto de hora de gloria no veo por qué Varguitas y la troupé de analistas no. Después de todo, mucha gente busca, más que nuevos conocimientos, argumentos de autoridad para confirmar sus prejuicios. ¿Qué saben los analistas? Ya nos hemos ocupado del penoso caso de Varguitas, pero ¿cuántos de los que nos impresionan con jerga técnica saben de lo que hablan? Apasionante pregunta... Si, para poner un ejemplo, supongo, como ciudadano ignorante de asuntos constitucionales que soy, que todos los que me hablan sobre la constitucionalidad del TLC son, efectivamente, expertos, entonces debe haber habido una multiplicación impresionante de esta especialidad en los últimos meses. Confieso que ando de mala leche y hoy no me aguanto ni yo. Quizá tenga que ir al otro analista, el del diván, pues tanta confusión de voces, todas muy autorizadas, me han llevado a Babel. Eso me agota: ¿cómo será un día sin analistas? Sé que tengo derecho ciudadano a opinar como quiero. El truco barato mío, tuyo, nuestro y vuestro, es cuando nos ungimos, indebidamente, como expertos para pasar gato por liebre.
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