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Democracia y referendo Un referendo puede ser una oportunidad de oro para los demagogos y embaucadoresManuel Formoso mformoso@racsa.co.cr Periodista En cierta oportunidad, preguntaron al gran político inglés Winston Churchill sobre la democracia y, con la agudeza que lo caracterizaba, respondió que no le gustaba, pero que no conocía nada mejor para gobernarse, y por eso era defensor del gobierno democrático. Dentro del Gobierno inglés pocos políticos tan importantes ha habido como Churchill. Desde muy joven, fue ágil miembro de la Cámara de los Comunes y durante la II Guerra Mundial, como Primer Ministro, encabezó la lucha para derrotar al Adolfo Hitler. Era todo un símbolo con su puro en la boca, su paraguas y su sombrero hongo. Pocas semanas antes de finalizar esta guerra, se celebraron elecciones y las ganaron los opositores laboristas. Churchill, humildemente, se retiró al campo, para pintar y escribir en paz, habiendo cumplido con su deber durante la guerra. Más tarde le dieron el Premio Nobel por sus memorias, hermoso libro que recomiendo sin reservas a todo el mundo. Incomprensible resultó para el resto de aliados la salida del poder del gran dirigente inglés a pocos días de acabar la guerra, a cuya victoria tanto había contribuido. Pero así es la democracia y hay que respetarla. En estos días, el Tribunal Supremo de Elecciones convocó al pueblo costarricense a un referendo, uno de los actos más democráticos que puedan darse dentro de nuestro sistema de gobierno. El referendo es un proceso jurídico mediante el cual se pregunta a todos los votantes inscritos si están o no están de acuerdo con aprobar un asunto considerado de gran importancia nacional. El referendo puede o no tener carácter vinculante; de tenerlo, debe ser obedecido por todas las autoridades de gobierno; los participantes deben alcanzar un porcentaje que oportunamente el Tribunal determinará para que tenga validez y las mesas receptoras de los votos se integrarán de acuerdo con lo que fije ese mismo Tribunal. Desigualdades evidentes. Sin tener una carrera política ni lejanamente parecida a la de Winston Churchill, a mí la democracia –tal y como funciona en Costa Rica– no me gusta para nada, porque se da en una sociedad que tiene muy poco de democrática. Los costarricenses no son iguales desde el punto de vista de sus ingresos económicos y menos de la educación que han recibido. Tampoco son iguales en cuanto a la información y al conocimiento que tienen de la vida del país, de sus problemas y de la mejor manera de resolverlos. En este sentido, un campesino de Guatuso no tiene las mismas posibilidades de enterarse de qué es el Tratado de Libre Comercio que un miembro de la Sala IV. En otras palabras: la sociedad costarricense es oligárquica, en tanto que las riendas del poder político, económico y de la información están en pocas manos y la mayoría de las veces sus decisiones favorecen solo a sus intereses y no a todo e l pueblo. Por eso creo que un referendo sobre el TLC puede ser muy peligroso y no necesariamente un momento de gloria para nuestra democracia, como dijo con juvenil entusiasmo un magistrado del Tribunal Electoral. Un referendo puede ser una oportunidad de oro para los demagogos, para aquellas personas que con su facilidad de palabra embaucan a la mayoría de los votantes, como con tanta frecuencia ha ocurrido en las elecciones cada cuatro años. Y para terminar, un TLC que no se acompañe de una agenda complementaria que proteja a los trabajadores de escasos recursos y de poca educación, puede hacernos mucho daño. El referendo es para decir sí o no, y no veo cómo se puede incluir la aprobación de estas leyes que protejan a los más necesitados.
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