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EDITORIAL

Círculo vicioso de la inseguridad

Si los guardias civiles están sumidos en deudas, los ciudadanos están sumidos en el temor
Los bajos salarios y el endeudamiento completan el círculo vicioso del Ministerio de Seguridad en los últimos ocho años


Un informe del Ministerio de Vivienda, publicado el domingo anterior, da cuenta de que los miembros de la Policía ganan entre ¢155.000 y ¢250.000 por mes y que muchos de ellos tienen comprometido el 90% de su salario. En estas condiciones, solo les quedan ¢40.000 colones para satisfacer sus necesidades básicas y las de la familia. Por su elevado endeudamiento, cae de su peso que el Ministerio de Vivienda, pese a su deseo de colaborar, no puede ayudarles en la adquisición de una de interés social.

Un salario de ¢155. 000 de un policía equivale al de un misceláneo, un peón de construcción o agrícola, y no supera sustancialmente, por la alimentación y, en muchos casos, por no pagar alquiler o transporte, al de una empleada doméstica. A esta situación económica, cabe agregar, con miras al análisis de la seguridad ciudadana, el hecho de que estos salarios no se les pueden elevar en un 25% a 6.000 agentes por carecer del curso básico policial. Téngase en cuenta que 6.000 policías representan el 90% de la Fuerza Pública (un total de 11.000 agentes). Esta es la realidad social y funcional que se debe afrontar, ajena a cualquier consideración de orden cultural, como lo expresó el viceministro de Seguridad Pública, Rafael Gutiérrez.

El problema es la seguridad ciudadana, pues si los guardias están sumidos en deudas, los ciudadanos estamos sumidos en el temor. La realidad es que un delincuente gana, con un “cadenazo”, en unos cuantos minutos, lo que un policía, pagadas las deudas, recibe en un mes. El problema es que, mientras los delincuentes actúan bien equipados y hasta adiestrados, nuestros policías se encuentran en inferioridad de condiciones técnicas y profesionales. Y el problema mayor es que, entre congojas y apuros económicos, o, como dice nuestro pueblo, con el agua al cuello, por razones culturales o cualesquiera otras, los policías deben rechazar la tentación del soborno, el acoso del desánimo y los cantos de sirena de la comodidad, disimulando, haciéndose los tontos o viendo para otra parte. Y si, además, su preparación es escasa, sus testimonios escritos favorecen al delincuente, o bien, no están capacitados para tomar decisiones graves en situaciones embarazosas.

Con estos datos tenemos el cuadro completo de la seguridad ciudadana en nuestro país, cuya descripción cabal correspondió al actual ministro de Seguridad Pública, Fernando Berrocal, con la serie de denuncias sobre la situación de esta dependencia en los ocho años anteriores. Lo publicado y comentado fue una mezcla de tragedia, comedia y sainete, dada la inexistencia de las normas más elementales de administración, control, evaluación y planeamiento no de un ministerio de Seguridad, sino de un negocio de aldea. La conclusión está en la mente y en los planes de acción del Ministerio de Seguridad Pública: la seguridad ciudadana, el desafío más grave e inmediato del país, por referirse a un derecho fundamental, exige una transformación radical. Es una cuestión de Estado y de toda la sociedad.

Y, aunque a algunos sectores les cause ira o molestia, en verdad causa desazón observar el tiempo consumido en un tratado comercial, que otros países aprobaron sin dilación, o en otros asuntos de menor entidad, mientras los problemas de fondo –no la agenda complementaria, sino la agenda vital del país– no reciben la atención preferente del país –desde el punto de vista conceptual, propositivo o de exigencia– con sentido de unidad y de eficacia. El de la seguridad ciudadana es el principal de ellos. El primer punto de la agenda vital.

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