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En Vela Julio Rodríguez envela@nacion.com Una mujer, de 21 años, chocó en estado de ebriedad; esto es, borracha –los periodistas escriben “bajo los efectos del licor– contra un poste el domingo pasado. Eran las 6.20 p. m. Con ella viajaban cuatro niños, entre 6 y 9 años de edad, los cuales sufrieron heridas. Alcoholemia: 1,98 gramos de licor por litro (el límite superior son 0,49 gramos), correspondiente a más de 15 cervezas o tragos de guaro. Es decir, todo dispuesto por una persona irresponsable para una tragedia. Se trata de un guion conocido tanto que, al parecer, no causa sorpresa y, mucho menos, escarmiento. El licor forma parte del deporte nacional más atractivo o de la (in)cultura del guaro, consustancial con nuestro estilo de vida. Si en Costa Rica se jugara al futbol con la potencia y entusiasmo con que se toma licor, seríamos, sin duda alguna, campeones mundiales. Sí, campeones mundiales, pero de otra naturaleza porque, en verdad, se requiere una condición psicológica y mental muy especial para anegarse en un océano de guaro o de cerveza y, luego, manejar un vehículo con cuatro niños. Pero, ¿por qué extrañarse? No es este un espectáculo corriente en un país donde se va estrechando la frontera entre la edad y el consumo guaro? Según se informó ayer, las edades del consumo de guaro se reducen. Ya van por 11 ó 12 años para alegría de no pocos padres de familia, quienes, en nuestra cultura, son los que dan el ejemplo, y orgullo del Estado y de los dirigentes del país que no mueven un dedo para atacar en su raíz esta patología social que ni siquiera es tema en nuestras campañas políticas. Mujer u hombre, adolescente o adulto, trailero, autobusero, conductor de vehículo ruinoso o de lujo, no importa. En días pasados se informó de un autobusero borracho como una cuba con 27 pasajeros a bordo, y, antes, de algunos traileros. Dos preguntas: y ¿los dueños de estos vehículos? ¿Qué control ejercen sobre sus empleados borrachos? Y ¿los cantineros, cuyo triunfo o trofeo es vender guaro sin medida y emborrachar a la gente, a sabiendas de las consecuencias o del vehículo que, de inmediato, van a manejar? Culpamos de todo a la política y al Estado, pero, los ticos no somos responsables de nada. Somos inimputables. Recordemos que, en el escalafón de la caída de los valores en Costa Rica, la responsabilidad y el respeto ocupan los últimos lugares, precisamente las dos “asignaturas” más desvalorizadas en la familia y en la escuela, sustituidas por la doctrina del “pobrecito” o del “qué va a pasar o qué me va a pasar a mí” si ejerzo la autoridad”. Resultado: la democracia regida por la anomia o reino del “mmm...porta´ mí”, que ha conformado en nuestro país un estilo, una forma de ser.
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