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Ecuador: por la Constitución al desastre

Los ecuatorianos perderán vanamente una generación regresando al pasado.

Carlos Alberto Montaner


Los ecuatorianos van a redactar una nueva Constitución. Hay cierta oposición, pero sin mucha fuerza y todos acabarán pasando por el aro. Los convoca ansiosamente a la tarea el flamante presidente Rafael Correa, quien tiene a su favor a la opinión pública. ¿Qué esperan de este cambio? Sin duda, un brusco giro a la izquierda, hacia el socialismo, objetivo que comparten ocho de cada diez personas en ese país. ¿Cuál socialismo? Según leo en un buen artículo del politólogo Jaime Durán, especialista en medir la conducta y las creencias de las sociedades, el 80% de los que lo apoyan dice no saber lo que es el socialismo (por eso lo apoyan). De ese universo, un 10% está convencido de que ser socialista es ser una buena persona que, por ejemplo, “ayuda a los ancianos a cruzar la calle”.

Los ecuatorianos, además, esperan grandes prodigios de la constituyente, como los niños esperan conejos de los sombreros de los magos. El 20% supone que arreglará el problema del desempleo, el 18% que mejorará la seguridad pública y un 9% está convencido de que aumentará la calidad de la atención médica. Solo un 4% entiende que la constituyente es solo una especie de enorme comité que se reúne con el objeto de redactar una nueva Constitución. Para la mayoría de los ecuatorianos una constitución no es un conjunto de principios y reglas, sino un recetario maravilloso que traerá la prosperidad colectiva.

Hay una persona, en cambio, que espera sacar algo más de esta tumultuosa ceremonia: Rafael Correa. Correa quiere más poder y probablemente lo demande por más tiempo. Tal vez alguien plantee la reelección prolongada o indefinida. ¿Por qué no si eso es lo que decide el pueblo soberano? Correa lo que desea es tener más controles en sus manos para cambiar la realidad política y económica del país de acuerdo con sus ideas. ¿Cuáles son esas ideas?

A juzgar por sus discursos y declaraciones, se trata de otra expresión de la vasta e inquieta familia neopopulista, emparentada con Chávez, Evo Morales, Daniel Ortega y Castro, a lo que en su caso se agrega un peculiar matiz católico conservador.

Parálisis económica. Correa, en suma, es alguien que desconfía del mercado, de la empresa privada y de la democracia representativa. Un político convencido de que el Estado debe jugar un papel rector en el desarrollo económico y debe planificar, dirigir y asignar tareas sin tener que soportar la adversa crítica de la prensa, dado que esta vive en contubernio con el gran capital. También es un líder que no acepta las virtudes de la arquitectura republicana. Esa estructura de poderes independientes que se contrapesan y limitan la autoridad de los gobernantes, se le antoja como algo negativo. Quiere una fórmula de gobierno rápida y sin obstáculos. La logrará. Es probable que Correa imponga sus creencias al nuevo texto constitucional. ¿Qué va a pasar a partir de ese momento? Sin duda, una cautelosa y creciente parálisis económica. ¿Quién va a invertir hasta que no estén claras las nuevas reglas del juego? Algunos capitales, sigilosamente, buscarán amparo en Panamá, Miami o Suiza, donde corran menos riesgos. Se incrementarán el desempleo y la emigración. La recaudación del Estado disminuirá, de manera que Correa deberá endeudarse en el exterior si quiere aumentar el role del Gobierno, pero le será muy difícil lograrlo, fuera de los casi exhaustos bolsillos de Hugo Chávez, porque simultáneamente se niega a pagar la deuda internacional. ¿Cómo va a terminar esta aventura? Sin duda, mal. Como terminó el primer peronismo, como terminó el brasileño Getulio Vargas, como terminó el peruano Velasco Alvarado, como terminó el primer Daniel Ortega (y como terminará Chávez). De ese polvoriento disparate socialista han escapado todas las naciones desarrolladas y libres del planeta tras experimentar fallidamente con las ideas intervencionistas durante todo el siglo XX. Ecuador no será una excepción a ese previsible destino. Lo terrible es que los ecuatorianos perderán inútilmente una generación viajando hacia el pasado. Pero nadie escarmienta en cabeza ajena. A veces, ni siquiera en la propia.

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