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Infierno prologado Fernando Durán Ayanegui Según Cioran, “ninguna sangre del pasado puede perturbar el ahora”, pero no debemos creerle. Este año se conmemora el trigésimo aniversario de la muerte de Louis Fieser quien, por su contribución al avance de la química, fue un icono científico durante la segunda mitad del siglo XX. Además, escribió textos extraordinarios, entre ellos un tratado sobre los reactivos orgánicos especiales del que conservé una copia hasta el día en que mi hija Nancy inició sus estudios de química y, como corresponde, lo recibió en propiedad. Cuando llegué a la Universidad de Harvard, mis colegas investigadores me llevaron a conocer a Fieser o, más bien, a verlo, ya que Fieser se había convertido en un ser taciturno que se comunicaba con el mundo casi únicamente mediante los textos especializados que seguía escribiendo. Cuando lo observé, a través de una ventana de su cubículo, digitaba laboriosamente en el teclado de una máquina de escribir eléctrica –todavía no había procesadores de palabras– y no me hizo sentir ninguna emoción: no era Hemingway en el acto de escribirEl viejo y el mar y, por añadidura, el extraño genio harvardiano no me simpatizaba. El caso es que en 1942 las Fuerzas Armadas de Estados Unidos le encargaron una misión horripilante: el diseño de un procedimiento que, permitiéndole a la gasolina arder lentamente al aire libre, la hiciera mucho más eficiente para la cocción de carne humana que el clásico lanzallamas o, lo pienso ahora, los hornos funerarios convencionales de la época. Fieser se puso manos a la obra y creó la primera versión delnapalm , una mezcla gelatinosa con alto contenido de gasolina que, por órdenes de políticos y militares, fue utilizada de inmediato para incinerar civiles inermes. Por ejemplo, aquel invento contribuyó, en febrero de 1945, al éxito piromaniaco del bombardeo de Dresde, que produjo en pocas horas docenas de miles de muertes de civiles, quizás tantas como las que ocurrirían meses después en el ataque nuclear a Hiroshima. “Mejoras” sucesivas del infernal artificio se usarían en otras guerras como las de Corea y de Vietnam (¿recuerdan las fotos de niños, mujeres y hombres con la llameante viscosidad adherida a sus pieles?), y hace pocos años en la invasión de Iraq. Cuando “vi” a Fieser, Vietnam ardía aún, y los estudiantes de Harvard protestaban diariamente contra la guerra. El inventor del napalm nunca se declaró arrepentido de haberles suministrado a tantos seres humanos un prólogo del averno, pero mis colegas creían que un íntimo infierno moral había comenzado a devorar el alma de Fieser.
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