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Ojo Crítico Rodolfo Cerdas Las insensatas provocaciones de Daniel Ortega contra Costa Rica van a continuar, porque responden no solo a su política interna y a su animadversión al país, sino a intereses más poderosos. Este piñatero enriquecido con el poder, compinche de Alemán y escabullido vergonzoso del cargo de abusador que con heroísmo le endilgó su hijastra Zoila América, cumple con los designios de Chávez y Castro, que le cobran al presidente Arias sus críticas y consejos no solicitados. Costa Rica siempre ha defendido la democracia y los derechos humanos, y así debe ser. Pero debe hacerlo en la forma y lugar debidos y no como una ocurrencia personal, aunque sea la de un Nobel de la Paz. No es cuestión de declarar, sino de formular políticas bien planeadas y plantearlas en los sitios y momentos adecuados. En estas confrontaciones se unen desde pretextos para la intervención extranjera, hasta luchas faccionales; los actores son poderosos y con recursos; y muchos de ellos –a favor y en contra– se interesan menos en los derechos humanos y más en el poder, los privilegios, los negocios privados y las zonas de influencia. Don Óscar ha actuado sin el cálculo y la prudencia que le impone su cargo de Presidente. Viéndose más como Nobel que como Jefe de Estado, dio declaraciones que, por su condición, traspasan los límites del derecho internacional que Costa Rica, más que nadie, está interesada en respetar. Las agresiones de Ortega son el inicio de una política que busca convertir la crítica de Arias en provocación y mantener ocupado al país y al Gobierno con tensiones fronterizas. Por eso don Óscar no debe lanzarse solo a estas batallas, como un llanero solitario internacional. Bastó un dedo meñique de Castro y Chávez para sacudirlo y crear problemas al país: Alunasa, los dólares negados para importar a Venezuela bienes costarricenses; la supuesta militarización tica; negarle méritos para el Nobel; menosprecios diplomáticos al Presidente y al embajador; incluir al país en una conspiración colombo-hondureña contra Nicaragua; capturar un yate tico, etc., son las primeras facturas por la incontinencia verbal de don Óscar. Aunque tenga razón, él debería anteponer, a su condición de Nobel de la Paz, la de Presidente, que lo restringe a respetar un orden internacional, que solo permite realizar ciertas acciones, que deben ser bien coordinadas y parte de una estrategia. Pero nada de esto hay. La designación como embajador de una persona excelente pero inexperta, sin formación diplomática y capaz de cometer esa pifia monumental que todos lamentamos, así lo corrobora.
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