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Domingo 15 de abril, 2007
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/LA NACIÓN

Instalaciones en la ciudad

Dichosa San José por contar con ese recurso estético tan excepcional, con sus robles sabana...

Bruno Stagno
Arquitecto

En esta estación seca, ventosa y polvorienta, tenemos, en compensación, la mayor instalación de belleza urbana que este valle conoce. Los árboles en la ciudad y los suburbios florecen, encubriendo los edificios deteriorados y opacando la arquitectura de autor.

El estímulo estético, ese gusto por las cosas hermosas y bien hechas, pero más aún limpias y cuidadas, reconforta incluso al más patán, o al menos lo des-estimula en su vandalismo. Si no, que lo diga el Teatro Nacional, nunca ensuciado, por considerarlo el símbolo de la cultura. El embellecimiento de la ciudad ayuda al estado de ánimo general y promueve el orgullo por lo nacional, actitud indispensable para la superación y el progreso humano.

Los robles sabana con sus floripondios rosados, los vainillos amarillos de barrio México, los llama del bosque anaranjados, los jacarandas lila de La Sabana, incluso los corteza amarilla aclimatados al Valle Central en estos calores del Niño, son instalaciones artísticas naturales para el disfrute de todos. Los loritos, de tan compasivo apodo, pero de sombra cerrada, son cobijo de frescura con su verde tierno matizado.

Dichosa San José por contar con ese recurso estético tan excepcional y con el potencial para mejorarle su aspecto y volverla atractiva, si lográramos densificar la masa forestal urbana.

Cumplido esto, bien ameritaría una visita. El placer estético se uniría a su vivacidad y a sus ofertas culturales, culinarias y arquitectónicas. Si no, que lo digan Keukenhof, la de los extensos prados de tulipanes, o Tokio y Washington D.C., donde aumentan los turistas, para llenarse el espíritu con sus cerezos en flor.

Una San José recuperada. Pocas cosas hay más enaltecedoras para un país, que la vida de las ciudades que ofrecen los espacios para una vida mejor. Nos adherimos al movimiento italiano “slow city”, que busca recuperar el tiempo como determinante de calidad de vida y al “slow food” que promueve volver a saborear los espaguetis y el ossobuco, como un equilibrio saludable para la vida urbana contemporánea.

Los que amamos las ciudades y disfrutamos viendo a la gente caminado con libertad, paseando y conversando y divirtiéndose en el espacio público que les atrae y acoge, imaginamos una San José recuperada en su aspecto tropical y en su cultura urbana, con esa humilde dignidad que solía caracterizarla y la alegría contagiosa de su gente libre.

Imaginamos muchas calles arboladas y avenidas boscosas, como lo fueron Amón, Otoya y el Paseo Colón, antes de que los comerciantes cortaran los árboles para exhibir cualquier cosa. Es asunto de criterio, porque negocio y estética no son excluyentes, sino que se complementan en una mejor calidad de vida urbana. Así lo anuncian las encuestas sobre el comercio urbano de USDA Forest Service que demuestran que un negocio en una calle arbolada es más atractivo y vende más. Esto, porque hay beneficios en la calidad del aire, en la reducción de la contaminación, en el placer visual y la belleza escénica, lo que atrae más gente y resulta ser más eficaz que los presuntuosos anuncios.

Además, se cuenta con la posibilidad del efecto contagio, dominó dirían los académicos, para replicar en otras ciudades lo que se ha iniciado con San José Posible y quizás la única manera de lograr un positivo cambio a escala nacional y, de paso, ayudar a fortalecer la vocación ambiental bien ganada de Costa Rica, pero que se debilita cuando aparecen en la balanza nuestras ciudades con sus debilidades ambientales.

El inventario de árboles tropicales con flor y hojas perennes es abrumador, y las posibilidades de plantación en la ciudad no lo son menos. Sorprende el resultado del análisis en detalle de las aceras y sus posibilidades para plantar. Las especies adecuadas, por su forma y propiedades biológicas, están disponibles y hay apoyo empresarial. Falta la educación ambiental, no solo para reducir el vandalismo, y como materia de educación pública para fortalecer la vocación nacional y la responsabilidad planetaria. Con esa base se elevaría el árbol a un valor de la cultural tropical y además de beneficio ambiental, lo que no cabe dudas sería aplaudido por la mayoría.

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