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Sigue confundido

Se discuten o refutan los argumentos, sin especular acerca de las intenciones

Jorge Cornick
jcornick@eurekared.com
Economista

Siempre me asombra cuando en un debate uno de los participantes, en vez de limitarse a discutir o a refutar los argumentos de su contraparte, especula sobre sus intenciones.

Por mi parte, no me atribuyo la capacidad de escudriñar las intimidades del alma de otras personas. Así, aunque don Johnny Meoño afirma que lo cito “con ninguna buena intención”, yo voy a asumir que él actúa y escribe con la mejor de las intenciones y además voy a coincidir con él cuando afirma de “de ellas está empedrado el camino del infierno”. El punto no son las intenciones, sino los argumentos. Examinemos los de don Johnny.

¿Quién aprueba el Plan? Lo cito de nuevo (con la mejor de las intenciones): “critiqué que la directriz para el nuevo Plan no exigió…que el programa del partido ganador fuera la base del Programa de Gobierno…siempre y cuando los partidos sean mucho más serios y no produzcan cualquier cosa” ( La Nación , 3/4/07). En otras palabras, don Johnny opina que el Plan de Desarrollo debe basarse en el programa del partido ganador… ¡siempre y cuando dicho programa cuente con la aprobación de don Johnny!

En cambio, el Presidente y el Ministro de Planificación –y seguramente porque no han estudiado los “análisis críticos sobre dirección, planificación y el Plan”, de don Johnny– pensaron en cambio que el Plan debía ajustarse al Programa porque este constituía antes de las elecciones, un compromiso solemne con el pueblo costarricense y, tras las elecciones, un mandato que el pueblo les otorgó y cuyo cumplimiento constituye una obligación irrenunciable e innegociable. De paso, sorprende que don Ottón Solís, quien hace algún tiempo proponía que el Programa de Gobierno debía convertirse en Ley de la República para que el Gobierno estuviese obligado a cumplirlo, pone hoy todo su empeño en impedirle al Gobierno cumplir con lo prometido en la campaña. Este, sin embargo, es tema para otro debate.

El salto mortal. Cito de nuevo a mi estimado interlocutor: “don Jorge no entiende: la Constitución y las ‘buenas leyes’, se vuelven letra muerta cuando…los encargados de administrarlas…dan ese salto mortal de diseñar planes y ‘acciones estratégicas’, pero sin partir de aquellas”.

Confusión total entre el marco legal y constitucional en el que opera el Gobierno, por una parte, y la orientación estratégica de la acción pública, por otra. El primero, debe ser observado por cualquier partido que temporalmente se encuentre en el poder. La segunda cambia cuando cambia el gobierno y particularmente cuando cambia el partido en el gobierno. ¡Precisamente para eso son las elecciones!

Presumiblemente, si don José Merino del Río fuese presidente, el gobierno sería muy distinto al de don Óscar Arias, aunque ni uno ni otro faltase a una sola ley ni llegase a acumular, siquiera, un parte de tránsito. El respeto a “las buenas leyes”, a la “normativa superior”, no hace la diferencia entre un gobierno y otro. La diferencia la hacen la habilidad política, la estrategia de desarrollo, la definición de prioridades, la asignación de recursos y la capacidad de gestión o gerencia pública. La función del Plan es precisamente la de concretar, en su ámbito de acción esa diferencia, a saber, identificar prioridades, definir acciones y cuantificar, si bien sea preliminarmente, los recursos necesarios para ejecutar las acciones que permitirán cumplir con las prioridades.

¿De dónde surge todo ello? ¿Del ordenamiento jurídico? No, todo ello debe ejecutarse en el marco de ese ordenamiento jurídico, pero surge del “contrato con la ciudadanía” y del “compromiso político”; es decir, surge de las promesas que hizo el Gobierno cuando pidió el voto de los ciudadanos y del mandato que estos le dieron al elegirlo.

Con esto concluyo mi debate con don Johnny, al menos en este punto. A diferencia de él, tengo la impresión de que repetir por tres décadas las mismas tesis, con nulo efecto, constituye un ejercicio estéril, un mal uso del espacio de este periódico y, particularmente, un mal uso del tiempo de los lectores. En el tema que discutimos, ya están claras las posiciones de don Johnny y la mía, así que el lector puede formarse su propia opinión. El debate se enriquecerá ahora si otras voces participan en él y si los aspectos sustantivos del Plan Nacional de Desarrollo empiezan a discutirse.

En cuanto a mis lecturas de Semana Santa –cuando escribo estas líneas– agradezco a don Johnny la amabilidad que tiene conmigo –y su inquebrantable modestia– al recomendarme que estudie los textos por él escritos. Las últimas aventuras del Capitán Alatriste , sin embargo, me guiñan un ojo, y la Historia de dos ciudades , en bellísima edición recién adquirida, me tienta con su historia. En estos pocos días de reposo, ¿Pérez-Reverte? ¿Dickens? ¿Meoño? Usted, amigo lector, ¿qué me aconseja?

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