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Legado de Misericordia Rodolfo González Suárez El domingo 15 de abril, II Domingo de Pascua, la Iglesia Católica celebrará en el mundo entero el Domingo de la Divina Misericordia. Esta celebración, enriquecida oficialmente con indulgencias, según decreto promulgado por la Penitenciaría Apostólica en la Solemnidad de San Pedro y San Pablo del 2002, es un legado del Siervo de Dios, el papa Juan Pablo II. La disposición del recordado Santo Padre de incorporar esta celebración al calendario litúrgico fue comunicada oficialmente a la Iglesia del mundo entero el 5 de mayo del Año Jubilar 2000, por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, mediante el decreto Misericor et Miserato r. El Decreto de la Penitenciaría Apostólica brinda una valiosa luz en torno a los motivos y propósitos del Santo Padre al instituir oficialmente esta celebración: “Por eso, el Sumo Pontífice, animado por su ardiente deseo de fomentar al máximo en el pueblo cristiano esos sentimientos de piedad hacia la Divina Misericordia, por los abundantísimos frutos espirituales que de ello pueden esperarse (…) se ha dignado otorgar indulgencias (…) para que los fieles reciban con más abundancia el don de la consolación del Espíritu Santo, y cultiven así una creciente caridad hacia Dios y hacia el prójimo, y, una vez obtenido de Dios el perdón de sus pecados, ellos a su vez perdonen generosamente a sus hermanos. De esta forma, los fieles vivirán con más perfección el espíritu del Evangelio (…)”. Integrante de fe y oración. En el 2006, en la celebración de su primer Domingo de la Divina Misericordia como Papa, Benedicto XVI afirmó que: “Lejos de ser una devoción secundaria, el culto a la Divina Misericordia es una dimensión integrante de la fe y de la oración del cristiano” y, comentando el evangelio de este día, dijo: “El Señor Jesús mostró a los discípulos las señales de la crucifixión, bien visibles y tangibles también en su cuerpo glorioso. Aquellas llagas sagradas, en las manos, en los pies, y en el costado, son fuente inagotable de fe, de esperanza y de amor en la que cada uno puede beber, especialmente las almas más sedientas de la Divina Misericordia(…) El Siervo de Dios Juan Pablo II quiso que el Domingo después de Pascua estuviera dedicado de forma especial a la Divina Misericordia, y la Providencia dispuso que él muriera precisamente en la vigilia de tal día en las manos de la Divina Misericordia”. En mayo, durante su visita al Santuario de la Divina Misericordia en Polonia, el papa Benedicto XVI afirmó: “Juan Pablo II redescubrió el nuevo significado de la Divina Misericordia para la Iglesia”. “Juan Pablo II se convirtió en eco del mensaje de la Divina Misericordia confiado a Santa Faustina(…) Este mensaje es verdaderamente el mensaje principal para nuestros tiempos: la misericordia como el poder de Dios; como la frontera divina impuesta al mal presente en el mundo”. Sin necesidad de cambiar la liturgia tradicional del II Domingo de Pascua, el papa Juan Pablo II invita a los sacerdotes a leer y comentar la palabra de Dios de este día desde la perspectiva de la misericordia, acogiendo así íntegramente la extraordinaria riqueza contenida en ella. El tema tradicional de este domingo: la fe, da lugar ahora al objeto de esta fe: Cristo, que encarna el amor misericordioso de Dios. “¡La Misericordia Divina! Este es el don pascual que la Iglesia recibe de Cristo resucitado y que ofrece a la humanidad, en el alba del tercer milenio. El evangelio que acabamos de proclamar nos ayuda a captar plenamente el sentido y el valor de este don. (…) Nuestra atención se centra en el gesto del Maestro, que transmite a los discípulos temerosos y atónitos la misión de ser ministros de la Misericordia Divina. Les muestra Sus manos y Su costado como los signos de Su Pasión, y les comunica: “Como el Padre me ha enviado, así también os envío Yo (…) Jesús les confía el don de ‘perdonar los pecados’, un don que brota de las heridas de sus manos, de sus pies y sobre todo de Su costado traspasado. Desde allí una ola de misericordia inunda toda la humanidad”, afirmó Juan Pablo II el Domingo de la Divina Misericordia del 2001. Alegría festiva. Es el propio Cristo, según lo relata san Lucas en el Capítulo 15 de su Evangelio, quien nos explica la relación entre la reconciliación –fruto del perdón– y la alegría festiva que surge desde las entrañas de Dios, como Padre que es rico en Misericordia. Es esta relación la que explica las extraordinarias palabras brindadas por Jesucristo a Santa Faustina en la década de 1930 en torno a esta celebración, palabras que el papa Juan Pablo II acogió con profunda fe; con la fe propia de los grandes seres humanos que a lo largo de la historia han contribuido significativamente a edificar el Reino de Dios y han dejado huella en este mundo. ¡Acojamos con gratitud y aprovechemos este legado de nuestro querido Siervo de Dios!
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