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Al Grano Édgar Espinoza eespinoza@nacion.com ¡Qué pequeño es el mundo! Yo voy a la tiendaPequeño Mundo y me encuentro… ¡cada cosa! Hace poco que iba a una noche astronómica a Guanacaste y no tenía la ropa apropiada, me compré ahí un pantalón de corduroy café que me costó más barato que el ruedo que tuve que mandarle a hacer luego donde la costurera. ¡Pero me sacó del apuro! Claro, a la tercera lavada el zíper de la jareta se asomaba como una dentadura de rottweiler y las hebras que soltaba presagiaban algo más serio. No sé, hay algo en ese tipo de tiendas que me alteran la psicología. Uno sabe bien que son baratijas que no necesita para nada y sabe bien que la casa está ya a reventar de ellas y, sin embargo, se inventa cualquier excusa con tal de tenerlas. ¡Qué jodido! En ese almacén me encuentro, por ejemplo, con el banquito plegable para el picnic, el estadio o la playa; con elset de desatornilladores que me atrae más por el estuche que por estos; con el pato inflable para que el güila flote en la piscina… Y ¡todo al increíble precio delmade in China ! No obstante, lo más sorprendente que me encontré enPequeño Mundo de Escazú no fue precisamente una fruslería, sino algo bien curioso: que no soy el único que anda en esas. Acabo de descubrir que las señoras platudas de esa República Ardiente y Glamorosa son, por lejos, las mejores clientes de bagatelas aunque, por supuesto, a su manera. Para pasar inadvertidas, unas se enfundan en ropa deportiva, anteojotesChannel y gorra hasta la nariz, y otras, las que no juegan de incógnito, se deshacen en pretextos. Y no deberían, pues en el parqueo las delatan sus súper “chuzos”. Las primeras avanzan por los pasillos sigilosamente camufladas entre el cataclismo de cajas y estantes con sus carritos repletos y la mercancía sombreadita. Muy a menudo se las ve levantarse el anteojo para ver con disimulo las etiquetas y si las están vigiando. En cambio, las segundas le dicen a uno que andan comprando una donación para niños pobres, pero se les ve en el carrito un montón de copas de vino hechizas. ¿Qué dirían sus invitados si se enteraran de que se están tomando unChateauneuf du Pape en una copa de ¢600 y no en una Riedel? O bien, le dicen a uno que andan comprando las camisas de los guardas y lo que cargan son sostenes rosados y calzones estampados. ¿Será que cambiaron de vigilantes? (Tome nota señor ministro Berrocal). Se trata, pues, de una tienda digna del más severo escrutinio sociológico que hasta perdió su propio nombre desde que los “chonetes” la llaman “Peque”, y los estirados, “Little World”. ¡Oh! ¡Qué pequeño es el mundo!
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