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Dos infancias II Fernando Durán Ayanegui Aunque sí tenía sentido presentar el contraste entre la locuaz independencia de mi nieto de tres años y la deshumanización sufrida por un niño de similar edad en el campo de concentración de Auschwitz, una mala pasada de la memoria podría haber arruinado el argumento de mi columna Dos infancias , del domingo anterior. Me corrijo: el niño al que Primo Levi y sus compañeros de prisión llamaron Hurbinek nació en el campo donde su madre fue aniquilada, y solamente tuvo la oportunidad de sobrepasar los tres años de edad, vivió todo el tiempo dentro de las barracas y sin haber logrado pronunciar más que una palabra, incomprensible para todos porque nadie pudo saber si era un vocablo húngaro, polaco, ucraniano, checo, o lo que fuera. La pequeña víctima de la barbarie nazi murió poco antes de que los rusos liberaran el campo, nunca vio el sol, no conoció un árbol, no pudo pedirle a un abuelo que le dibujara una vaca y no tuvo la menor oportunidad de replicarle libremente a un adulto. En suma, Hurbinek murió antes de que pudiera alcanzar la dignidad humana que únicamente la palabra puede conferir, y, si sabemos algo de él, es porque un sobreviviente utilizó la palabra escrita para dar testimonio de su existencia. En efecto, el don de la palabra es, en el hombre y en la mujer, la más radical manifestación de su condición humana. Por eso mismo, uno de los logros más hermosos de la cultura es la creación de los lenguajes de señas para quienes se han visto privados de ese don; por ello es atractiva la hipótesis según la cual lo que le evitó al Homo sapiens sufrir la suerte del hombre de Cro-Magnon fue la superior capacidad articuladora de su laringe; por ello siempre es prudente recordar que el totalitarismo asoma sus orejas –así ocurrió en la Alemania nazi y en la Rusia estalinista– tan pronto como se priva de la palabra, oral o escrita, a quien no piensa como “piensa” el régimen. El pretoriano, o la pretoriana como en la Nicaragua del primer período sandinista, que en nombre de un régimen o de un gobernante reprime el uso de la palabra, no se da cuenta de que su propio lenguaje también irá menguando hasta quedar reducido prác- ticamente a la frase “sí, amo”. Bien merece, entonces, la recomendación de que lea La lengua del Tercer Reich, apuntes de un filólogo , del alemán Victor Klemperer, con el fin de que descubra por qué el represor subalterno de la libertad de expresión se verá, más tarde o más temprano, obligado a bajar la cabeza tanto como el tirano lo exija, y terminará en posición necesariamente vergonzosa, transmitiendo órdenes en la forma de zoológicos gruñidos.
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