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El fin del diluvio Una noticia que debe ser motivo de reflexión en Costa RicaRoberto J. Gallardo N. El primer rayo de sol después del diluvio bíblico no debe haber sido celebrado sencillamente como el fin de la lluvia, sino como el renacer de la esperanza, como el término de una etapa oscura. De los diluvios existenciales y sociales que a veces nos impone la vida, nos ayudan a salir los rayos de sol de acontecimientos que, aun cuando no sucedan en nuestro entorno inmediato, su reverberación en el ánimo debería ayudarnos a situar las cosas en una justa perspectiva. La mezquindad, la mala voluntad y el egoísmo que para algunos constituyen muestras de firmeza e inteligencia, se desdibujan ante la bondad, la generosidad y la solidaridad de la que es capaz la gente, al punto que a veces uno se pregunta si la importancia que le damos a ciertos temas, y los conflictos que de ellos derivan, no son más que una manifestación de un desconcierto colectivo que refleja la pérdida del rumbo nacional en la que se sumió este país desde hace ya mucho tiempo. En la localidad sevillana de Mairena del Alcor, un joven sufrió hace tres años un accidente de tránsito que lo dejó parapléjico. Ante las limitaciones económicas de la familia de Pedro, que es como se llama el joven afectado, la comunidad entera de dieciocho mil habitantes decidió realizar una serie de actividades como conciertos benéficos, donaciones anónimas y una colecta en la que participó todo el pueblo, para recaudar 58.000 euros que le ayudaran a Pedro en su proceso de recuperación, y apoyar la voluntad de hierro con la que trata de superar su lesión, para lo cual, entre otros sacrificios, debe efectuar una exigente rutina de tres horas diarias de ejercicios. Pero, cuando ya le habían entregado a Pedro el dinero reunido, la compañía de seguros aprobó indemnizarlo con una importante suma, cargada a la póliza del automóvil que provocara el accidente. Ante esto, la familia de Pedro, repre- sentada por su madre, Manuela Almagro, decidió devolver todos los fondos que se les habían entregado, donando 30.000 euros a Manuel Carreño, otro vecino de la comunidad quien es tetrapléjico, y el resto a la organización Cáritas para, como lo dice Manuela, “poder ayudar a más gente”. Esta noticia, publicada en el diario español El País , lleva como título, muy apropiadamente, “Qué bello es vivir en Mairena del Alcor”.
Individualismo insensato. Esta es una historia que tiene tantas aristas positivas que parece injusto destacar alguna. Pero los rayos de sol que derivan de ella no pueden ser ignorados, sobre todo de cara al diluvio bajo el que aparentemente se encuentra Costa Rica desde hace ya bastante tiempo. La solidaridad espontánea de una comunidad entera con uno de sus miembros, en estos tiempos aciagos en los que solo vemos división, dogmatismo y sectarismo en nuestro país, nos recuerda el objetivo básico por el que los seres humanos deciden agruparse y compartir un destino común. La noticia debería además ser motivo de reflexión en una sociedad que como la nuestra parece estar sumida en un individualismo insensato que sin duda nos lleva a la disolución. Por otro lado, la honestidad de esta familia sevillana, que no se aprovechó del desprendimiento de sus vecinos, se contrapone a lo que constituye prácticamente un deporte nacional: tratar de sacar ventaja personal, aun a costa de miembros de la colectividad. No deja de ser muy triste que cuando se piensa lo qué habría pasado si esto hubiese sucedido en Costa Rica, el escenario que se imagina no es uno de desprendimiento y honestidad como en el caso de los Almagro, sino uno en el que el beneficio egoísta es un parámetro común. Si parece que las anteriores reflexiones contienen una apreciación muy negativa de la realidad costarricense, solo hay que recordar la multitud de eventos cotidianos en los que se manifiesta ese que pareciera es el carácter nacional. Desde los grandes evasores de impuestos a los vivazos que se brincan las filas. Desde lo homicidas potenciales al volante, a los que nunca se interesan por los asuntos de la colectividad. Mientras esto nos defina como sociedad, nunca se terminará el diluvio. Nunca recobraremos la esperanza. Y no será tan bello vivir en Costa Rica, como lo es en Mairena del Alcor.
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