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EDITORIAL

“Un techo para mi país”

Estudiantes de las universidades Latina, UCR y UNA se dedicaron, en Semana Santa, a construir casas para familias pobres
Un ejemplo de democracia y de genuino patriotismo, en busca de la elevación del ser humano


No solo mediante dispositivos previsores en las carreteras o políticas eficaces contra la criminalidad se protege y promueve la vida de las personas y la unidad de las familias. Hay muchas otras formas, quizá menos espectaculares, pero igualmente significativas y necesarias para lograr este objetivo fundamental, una de cuyas dimensiones es también la calidad de vida. El derecho a la vida se hermana con el derecho a la calidad de vida precisamente por la propia dignidad del ser humano.

Desde esta óptica, acogemos editorialmente la información reciente de La Nación sobre un grupo de universitarios que, en esta Semana Santa, se dedicaron a construir casas para familias pobres. Se trata de la aplicación en nuestro país de un proyecto originado en Chile denominado “Un techo para mi país” en 1997, puesto en práctica también en El Salvador, Colombia y México. En Costa Rica tomó cuerpo gracias a la iniciativa de 70 voluntarios reclutados en la Universidad de Costa Rica que, en el 2006, construyeron 13 casas. En este año, 2007, la directora del proyecto, María Luisa Ayala, entusiasmó a 120 voluntarios y voluntarias, estudiantes de las universidades de Costa Rica, Latina y Nacional, quienes, en esta pasada Semana Santa, trabajaron, hombro a hombro, con los beneficiarios escogidos, en Los Guido de Desamparados, de las 24 viviendas prefabricadas.

Además del espíritu de solidaridad y del esfuerzo de este grupo de jóvenes, entre los 18 y los 26 años, quienes se repartieron en seis cuadrillas para llevar a cabo su tarea, deben destacarse los siguientes aspectos: los estudiantes departieron –y compartieron– con las familias a la hora de las comidas. Además, los futuros inquilinos, seleccionados tras una encuesta entre familias muy pobres, deben colaborar en la construcción de sus casas, además de pagar la simbólica suma de ¢30.000. Para no pocos expertos en clientelismo político, quienes regalan y reparten lo que no es de ellos, este procedimiento podría servirles de ejemplo. Cabe hacer hincapié, asimismo, en las declaraciones de la directora de la iniciativa, María Luisa Ayala: “La idea del proyecto es también formar a jóvenes líderes y enseñarles que es su responsabilidad buscar solución a los problemas del país”. De aquí que este proyecto se extenderá a otras comunidades en los próximos meses.

El proyecto “Un techo para mi país” se puede convertir en la simiente de un gran cambio de mentalidad y, a la vez, en un desafío para los jóvenes y para los adultos. Este reto evoca la sentencia enunciada por Khalil Gibran, repetida luego por el presidente Kennedy en su discurso inaugural, sobre la primacía moral del aporte que cada ciudadano debe brindar a su país, en bien de la colectividad, sobre lo que el Estado da a los habitantes. En términos de interpelación ciudadana, el sentido de solidaridad prevalece sobre las demandas que se le formulan al Estado. Desde este punto de vista, el encauzamiento u orientación de las energías de los ciudadanos, en cualquier campo, en provecho de los demás, en particular de los más desvalidos, puede alcanzar metas insospechadas.

Los organizadores y directores de este proyecto, así como los estudiantes universitarios que han participado merecen el reconocimiento público por su aporte material y, sobre todo, por su lección moral. He aquí la democracia actuante en busca de su razón de ser: la elevación del ser humano y el mejoramiento de las familias. La mejor forma, en estos años en que se ha abusado de este concepto, de hacer patria, que no es una bandera, sino una comunidad de seres humanos unidos por valores y principios comunes.

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