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En Vela Julio Rodríguez envela@nacion.com Como decíamos el miércoles pasado, el Gobierno ha desplegado los más variados recursos humanos, técnicos y económicos para contener o reducir el número de accidentes de tránsito en estos días “santos” de la muerte. Merece reconocimiento. Queda, sin embargo, la cuestión de fondo: la muerte en las carreteras es solo un capítulo atroz de una historia de horror: el desprecio por la vida, la (in)cultura de la muerte o, mejor, de la antivida, en Costa Rica y en el mundo. Pero, vivimos en Costa Rica y nuestro país es nuestra obligación primaria. No incurramos en la paradoja aberrante, propia de demagogos mesiánicos, de pretender resolver los problemas del mundo y dejar de lado nuestra realidad cotidiana. Esta nos indica, con datos brutales, que se nos ha desencajado el sentido de la vida y, con él, el respeto por la vida y por la dignidad humana. La sorpresa ahora no radica en los aspectos cuantitativos o cualitativos de las muertes violentas, sino en la capacidad imaginativa para matar. Es un problema de inhumanidad hospedado en nuestra cultura. Y si este desafío vital no nos convoca a todos para su solución, lo que hagamos prolonga el suplicio. Si ponemos todo nuestro esfuerzo en lo accidental y dejamos de lado lo esencial, estamos perdidos. La calidad de una nación se valora por su respeto a la vida. Todo lo demás viene por añadidura. ¿Semana Santa? Vale la pena recordar principios fundamentales. La historia humana y del universo arranca con la explosión y floración ascendentes de la vida y, a la vez, con un asesinato: el de Abel a manos de Caín. En el Paraíso estaba plantado el árbol de la vida, el gran reto de la libertad entre el bien (la vida) y el mal (la muerte). Jesús dijo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”. En fin, un pacto de libertad con la vida, la trascendente y la histórica. Esta es la esencia de nuestra cultura judeo-cristiana. Primero, la persona humana. Nuestra crisis de seguridad ciudadana es, en última instancia, una crisis de respeto a la dignidad de la persona humana, cuyas manifestaciones más terribles son el asesinato, la violencia doméstica y la pobreza, en una época caracterizada por el volumen de mal, en todas sus formas, como triunfo de la dictadura del relativismo (todo vale), que avasalla sobre todo a niños y adolescentes. Este no es un problema ecológico o económico. Es, primeramente, metafísico pues está en la raíz del ser contemporáneo. De aquí la importancia capital hoy de la familia y de la educación y, aunque algunos la maldigan, de la política. La cultura de la muerte, en todas sus formas, ha echado raíces en nuestro suelo. Hay mil y una razones para estar asustados. La patria no es un juego dialéctico o ideológico. La patria es esto. La vida.
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