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Modelo de diplomático Lo esencial es que lo movió siempre un inmenso amor por Costa RicaClotilde Fonseca Cuando el imponente vehículo negro finalmente se detuvo frente a la entrada del Palacio Villa Madama, y dejó frente a su pórtico del siglo XVI al embajador de Costa Rica en Roma, nadie hubiera podido siquiera adivinar que el vehículo en que viajaba el dignatario no fuera el asignado por la Cancillería costarricense a la delegación. En realidad, a un mes de su llegada, ningún embajador costarricense, salvo que tenga fortuna propia muy bien asentada, puede tener a su disposición vehículo y chofer… Por eso Arnoldo Fernández Baudrit, entonces agregado cultural ad honórem de aquella representación diplomática, optó por ofrecer su vehículo personal para transportar a quienes en aquel momento representaban a nuestro país. Le parecía un tanto indecoroso que los nuevos embajadores tuvieran que recurrir a un “porteador” para esos menesteres. El asunto no habría tenido mayor trascendencia de no ser por el sorprendente hecho de que decidió asumir, él mismo, el papel de chofer de embajada. Y como cuidaba siempre el detalle hasta el extremo, al acercarse al Palacio, el elegante conductor, vestido de impecable traje gris, colocó sobre su bien peinada cabellera un quepis de idéntico color, que lo identificó de inmediato como “el autista” (el chofer) del Embajador. Cuando los diplomáticos ticos habían sido recibidos por la comitiva del ceremonial italiano, Arnoldo siguió meticulosamente las instrucciones que le habían sido provistas. Tomó el número que le fue conferido. Estacionó el vehículo en el puesto asignado en los jardines aledaños. Bajó del auto y se unió al animado grupo de choferes de las embajadas y ministerios que le dieron la más cálida bienvenida al recién llegado. Allí esperó, disfrutando de la conversación de los conductores, hasta que su número fue llamado, horas más tarde, por el intercomunicador. El gozo de ser tico. Habiendo descendido lentamente por entre los jardines de Villa Madama hasta la calle principal , condujo hacia Piazza del Popolo donde estacionó en la vía di Ripetta para sentarse luego, al aire libre, en la mesa de un café. En medio de animados comentarios, departió con el Embajador y su esposa, sobre los avatares de ser diplomático de un pequeño país y brindó por el gozo de ser tico y de poder responder a las formalidades con un poco de desenfado e imaginación. La historia nunca dejó de sorprenderme, particularmente porque Arnoldo era un tipo más bien protocolario y sensible a las formas. Vestía meticulosamente, gustaba de la buena comida y el buen vino; era amante del arte, coleccionaba pinturas y muebles del Segundo Imperio. Quienes lo conocían como arquitecto y gestor de proyectos internacionales posiblemente nunca lo hubieran imaginado en semejante rol. Pero, no ha de extrañarle a nadie. El tiempo me permitió descubrir después que habitaba en él una especie de duende o de niño, de espíritu festivo y generoso, lleno de complicidad y algarabía, del que fui desde entonces, y del que seguiré siendo, entrañablemente amiga. Quizá la clave para comprenderlo esté en lo mucho que le divertía adivinar y complacer los gustos de la gente. Realmente gozaba al sorprenderlos cuando daba en el blanco. Eso se me hizo muy claro el día en que le obsequió un inmenso oso blanco a mi hijo mayor cuando este apenas empezaba a caminar. Le doblaba en tamaño. No había duda de que sería estorboso, particularmente a la luz de una mudanza transatlántica. Pero su carcajada cuando lo compró de la mano del niño, en media calle, frente a la verja de un enorme parque, burlándose de lo lógico y lo razonable, quizá le permitió vislumbrar que hoy, veintidós años después, el oso aún desafiaría con su presencia inmensa la razonabilidad y el riesgo de abandono. Amistad verdadera. Quienes lo conocimos en sus múltiples dimensiones y contrastes, pensamos que Arnoldo se pareció mucho a un buen Brunello, aquel vino que tanto le gustaba. “Armónico y elegante” tal como describe el Consorcio de Montalcino sus mejores cosechas, pero también con un poco de sabor sencillo a “leña aromática” y a “frutillas silvestres” que, por fortuna, las formalidades de la profesión y los años en la diplomacia no lograron subsumir o vencer. Sé que en el ir y venir de los gobiernos y los mares, como suele ocurrir con los costarricenses que viven en otras latitudes y representan al país intermitentemente según lo que dictan los designios de la política y la fortuna, hubo muchas personas que, como yo, conocieron su amistad simple y verdadera, que prevaleció inevitablemente más allá de sus cargos y gustos refinados. Lo esencial, sin embargo, lo realmente importante, es que lo movió siempre un inmenso amor por Costa Rica, como ocurre con tantos funcionarios del servicio exterior que han entretejido los logros de su vida personal con el gusto de servir al país. A menudo, como Arnoldo Fernández, se esforzaron por ser útiles y cumplieron, aun en las más sorprendentes circunstancias. Muchos de ellos, como Arnoldo, también volvieron, para permanecer definitivamente en su tierra. Como él, ellos también merecen nuestro agradecimiento y recuerdo afectuoso.
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