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Dos infancias Fernando Durán Ayanegui Siempre he sido un pésimo dibujante. De hecho, cuando impartía lecciones de química, al intentar en la pizarra el trazo de los modelos tridimensionales del ciclohexano, lo que siempre “me salía” era algo muy parecido a una jaula metálica atropellada por untrailero borracho. Pese a ello, cuando mi nieto de tres años me pidió que le “pintara” una vaca, logré dibujar lo que a mí me pareció un vacuno bastante aceptable. “Tito, eso no es una vaca”, afirmó, rotundo, el pequeño. Y en un intento por defender mi fama ante el único ser humano que me considera su héroe, repliqué: “Sí es una vaca, m’hijito : estos son los cuernos, estas son las orejas, estas son las patas, este es el rabo, ¡es una vaca!”. “No, tito, yo quiero que pinte una vaca”, insistió y, bueno, sé de muchos pintores que nunca necesitaron dominar el dibujo porque, a diferencia de Pablo Picasso, pasaron directamente del parvulario al arte abstracto, así que le di vuelta a la hoja y repetí mi obra esta vez con más cuidado, pero, después de una breve mirada displicente, el minúsculo crítico de arte opinó: “Tito, esa también no es una vaca, mejor vamos a jugar fútbol”. Lo seguí hasta el patio para simular, bajo el tibio sol del atardecer, que mi joven descendiente me daba “una bailada” sobre el césped y, de pronto, mientras él empujaba el balón imitando a Ronaldinho, observé el reflejo de la luz solar en su fino cabello claro y, por una razón inexplicable, en ese momento vino a mi mente el lejano recuerdo de otro niño, aquel “de unos tres años” que, según nos cuenta el químico y escritor Primo Levi en su libroLa tregua , apareció entre los liberados del campo de concentración de Auschwitz sin que nadie pudiera saber de dónde había salido. Desde luego, identificado solamente por el número del tatuaje impreso en su brazo izquierdo, no podían saber cuál era su nombre, de modo que, más que llamarlo, lo apodaron Hurbinek y aquel niño, que nunca había visto un árbol ni la luz del sol, debió de ser feliz por un momento cuando en su inocencia pudo creer que la liberación le había deparado por fin la condición de ser humano; solo que la desnutrición y la enfermedad no le dieron tregua y le quitaron la vida en marzo de 1945, cuando ya era un hombre anónimo pero libre. Pensé también, entonces, en los niños “de unos tres años” que siguen sufriendo sumergidos en las guerras de Iraq, Afganistán y África, lo que me llevó a hacerme una pregunta absurda: al químico Primo Levi, quien seguramente sí dibujaba bien el ciclohexano, ¿le pidió alguna vez el pequeño Hurbinek que le pintara una vaca?
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