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EDITORIAL

Pirotecnias orteguianas

Daniel Ortega ha cambiado en muchas cosas, pero no en sus provocaciones
La actitud firme y serena de nuestro Gobierno es la mejor respuesta


Durante los últimos años, Daniel Ortega, presidente de Nicaragua, ha moderado sus ideas políticas, ha mejorado su sentido de realidad y se ha vuelto un consumado practicante de las componendas con antiguos adversarios de causa, hoy aliados de intereses. Pero lo que no ha sido capaz de modificar es su instinto de confrontación, su retórica de arenga y su tendencia a fabricar adversarios. Estos impulsos, combinados con la irresistible tendencia en varios políticos nicaragüenses a exacerbar diferencias con Costa Rica, es lo que explica que, desde su ascenso al poder hace dos meses y medio, haya lanzado al menos en tres ocasiones cargos o críticas injustas y gratuitas contra nuestro país.

Primero, y a menos de un mes en la Presidencia, usó el añejo y falso argumento de calificar a nuestra Fuerza Pública como un ejército. Luego, cuando la Comisión Interamericana de Derechos Humanos desestimó la denuncia de Nicaragua contra Costa Rica, por supuesta xenofobia, atribuyó la decisión, que era sólida, lógica y muy bien fundamentada, al “peso” de Estados Unidos en ese organismo, en el cual, por cierto, hasta hay un representante de la Venezuela de Hugo Chávez. Y su última andanada pirotécnica se produjo ante el Parlamento Centroamericano (Parlacen), reunido en Managua, en torno a temas centroamericanos.

Es sabido que ese órgano no ha rendido ningún aporte a la integración, la paz o el desarrollo de la región. Al contrario, es una institución onerosa, carente de funciones relevantes y refugio, mediante la inmunidad, de varios políticos deseosos de evadir la acción de la justicia en sus respectivos países. Una constante de nuestra política exterior, coincidente con la opinión mayoritaria de la población, ha sido no pertenecer al Parlacen, a menos que sea sometido a una reingeniería total, cosa, por demás, muy difícil. Nuestra contribución a la integración y el progreso de Centroamérica se puede y debe dar de muchas otras formas, como ha ocurrido durante años. Ortega, sin embargo, calificó la ausencia nacional en el Parlacen como algo “terrible” y “doloroso”. Además, en clara referencia al Premio Nóbel de la Paz obtenido por el presidente Óscar Arias, criticó a “los vecinos democráticos, que asumimos compromisos y ganamos laurel y luego nos olvidamos de los compromisos”.

El instinto de confrontación de Ortega lo llevó incluso a decir que si “a alguien habría que darle un reconocimiento por esta paz (centroamericana), es a Napoleón Duarte”, fallecido expresidente salvadoreño. Duarte, sin duda, fue un luchador por la paz y por la democracia, por lo cual merecía muchos galardones; pero sus grandes enemigos fueron los guerrilleros del Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN), aliados del Frente Sandinista, de Ortega.

Es decir, el Presidente nicaragüense pone hoy como ejemplo a alguien a quien trató de derrocar, para que se instaurara el marxismo en El Salvador. ¿Otro ejemplo de cambio, o un simple argumento efectista?

Frente a estas provocaciones, hace bien nuestro Gobierno en actuar con serenidad y prudencia, pero a la vez firmeza en las posiciones. Nuestras relaciones con Nicaragua son demasiado importantes como para permitir que se muevan al ritmo de la retórica de tribuna. Hasta el momento, la pirotecnia orteguiana, aunque irresponsable e irritante, ha tenido un carácter anecdótico y personal. Al menos, no ha resucitado los diferendos territoriales ni ha intentado manipular el tema migratorio. ¿Quiere esto decir que, más allá de sus erupciones verbales, habrá posibilidades de avanzar en asuntos bilaterales de importancia? Difícil decirlo por ahora. Pero es mejor, por lo menos, darle el beneficio de la duda, separar el trigo de la paja y buscar vías para las buenas relaciones y el abordaje de temas de interés común, siempre que sea con respeto y seriedad.

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