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Comentario del evangelio: Para servir, ¡servir! El texto del evangelio de este domingo se abre con una predicción de la pasión semejante a la que escuchábamos la semana anterior y agrega una referencia novedosa que se introduce por medio de la expresión “va a ser entregado”. La incomprensión de los discípulos vuelve a ser manifiesta y a renglón seguido Jesús pasa a instruir a los suyos. En este caso Jesús se dedica a instruirlos acerca del tema del servicio: ser útil, donarse será una tarea a realizar por todos y en beneficio de todos, al estilo del Maestro. En el cierre, Jesús hace ver a los suyos cómo han de ser hombres sencillos como niños, para ser aceptados por todos, pero además, insiste en la cuestión para que ellos comprendan que, actuando como los infantes –esto es: confiando, esperando y dando sin demasiadas expectativas materiales o de interés humano– es como serán realmente eficaces en un ministerio exigente y de donación continua. En cristiano, el proverbio en formulación paradójica del versículo 35b que anota Marcos tiene un elemento decisivo: ¿qué implica eso de servir? Una idea fundamental que se destaca de modo particular en la dinámica de la primera comunidad cristiana. Servir será un ideal que Jesús plantea sin reservas desde su misma decisión de entrega final hasta la muerte y que las comunidades cristianas siempre vieron como una necesidad a potenciar. Dos mil años de historia muestran una historia eclesial marcada por luces y sombras, como es normal en toda realidad que, aunque de origen divino, lleva el lastre de lo humano a cuestas. Pero de entre todas las luces infinitas que arroja la Iglesia sobre la historia del hombre desde Pentecostés hasta nuestros días, su capacidad de generar servicio integral al hombre y a la mujer de cada época es una de sus lumbreras más observables e incuestionables. Desde el primer encargo hecho a los siete diáconos, pasando por la atención a los pobres dada desde los monasterios nacidos en el siglo IV, avanzando por experiencias como las de Juan de Dios, Cottolengo, Vicente de Paul, Maria Rafols, padre Damián, Francisco Solano o Teresa de Calcuta, para solo citar unos poquitos servidores de los pobres más pobres, la Iglesia ha llenado de caridad la historia. Una experiencia de servicio impresionante que no se ha de detener. Es obvio que hoy la pobreza pulula y las ocasiones de servir sobran. Ojalá que como antes, la Iglesia viva hoy intensamente su deber de hacer operativo el amor de Dios al hombre aquí y ahora, siendo como solo ella lo sabe hacer, encarnación contemporánea de la generosidad del buen samaritano del evangelio. P. Mauricio Víquez Lizano.
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