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Foto Principal: 1181574
/LA NACIN

Sobre la inseguridad

En nuestro país el bajísimo riesgo de ser castigado es un alto incentivo para delinquir

Dennis Meléndez H.
dmelende@flar.net
Economista

En la columna En vela publicada en La Nación del 13 de septiembre, don Julio Rodríguez toca las alarmas por el aumento desmesurado en la delincuencia, principalmente en los robos de aparentes pichuleos, pero que causan severos daños al país. No son pocos los accidentes fatales por el robo de señales de tránsito, ojos de gato, componentes de semáforos y barandas de carreteras; hay constantes interrupciones en los servicios de teléfono, Internet o televisión por el robo de cables y conectores. Ni qué decir de lámparas de alumbrado público, tapas de alcantarilla, de cloacas o de medidores de agua, etc.

La inexplicable filosofía de que el robo de algo que valga menos de un salario mínimo prácticamente no es punible, estimula este tipo de delincuencia. Poner una denuncia por cualquier acto de esa naturaleza es inútil, un peligro y un verdadero calvario burocrático.

Decisión económica. Gary Becker ganó el Premio Nobel de Economía de 1992, por sus investigaciones en esta materia (Crimen y castigo). Su tesis es que el delito es una decisión económica como cualquier otra. El delincuente contrapone el beneficio pecuniario de su acción con el costo que le puede implicar, incluidos el riesgo de ser capturado y la pena que pueda recibir.

En Costa Rica el esquema está al revés. El beneficio para el ladrón (oferta) es alto pues, aunque el beneficio directo puede ser no muy grande, el riesgo de ser pillado multiplicado por la pena a recibir, son bajísimos. Ergo, hay un alto incentivo para delinquir.

Peor que el ladrón. La demanda anda totalmente suelta y provee de altos incentivos a los topadores (compradores de cosas robadas). El beneficio del “topaje” es muy alto y puede generar ganancias hasta del 80% del precio real. La probabilidad de ser pillados es muy baja pues, además de la incapacidad policial, la ciudadanía no tiene conciencia de que el topador es un delincuente peor que el ladrón primario. Hasta se le ve como una especie de “vivazo” y casi es socialmente aceptado. Como las penas, en caso de ser descubiertos, son muy bajas, la ecuación explica por qué proliferan los robos y vandalismos.

Por lo tanto, el paso más importante hacia la reducción del problema debe atacar el lado de la demanda; es decir, a los topadores. Por su propio estatus, estos usualmente temen más a las consecuencias que sufrirían en caso de ser pillados que los propios ladronzuelos. Eso se logra aumentando sustancialmente las penas por esos delitos.

Desprestigio del topador. En segundo lugar, se debe aumentar la probabilidad de pillar a los topadores: incentivar las denuncias de los ciudadanos; inspeccionar sistemáticamente talleres mecánicos, fundidores, compra-ventas y vendedores ambulantes; y realizar campañas de desprestigio del topador como agente para disminuir su estatus.

En tercer lugar, corresponde a los ciudadanos reducir el beneficio del bien robado. El robo de parabrisas de vehículos se controló, en buena medida, al marcarlos. Claro que esto es inefectivo para la mayoría de los bienes enumerados al principio.

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