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EDITORIAL

Víctimas de los adultos

Los derechos de los niños y los adolescentes no pueden separarse de la calidad política, económica y moral del país
Los problemas sociales del país, en particular de la niñez y la adolescencia, no se resuelven con discursos retóricos o ideológicos


El obispo de Ciudad Quesada, Ángel Sancasimiro, a la vez presidente de la Pastoral Social-Cáritas de la Conferencia Episcopal de Costa Rica, dio a conocer, el viernes pasado, la Carta pastoral sobre los derechos de los niños, niñas y las personas adolescentes. Estuvo presente en el acto la representante de Unicef en nuestro país, Cristian Munduate, dada la naturaleza del tema y por celebrarse al día siguiente, ayer, el Día del Niño.

Esta carta pastoral contiene, según se estila, una serie de sugerencias y enunciados de principios sobre la protección de los niños y de los adolescentes. Asimismo, hace referencia a diversos datos estadísticos, descriptivos de la gravedad de esta cuestión social, que han figurado, reiteradamente, en nuestros reportajes y comentarios sociales. Entre ellos destacan el elevado porcentaje de este sector de la población víctima de explotación sexual(30%) y los 442.000 niños y adolescentes que “viven” en la pobreza. A estos podrían agregarse las recientes noticias, emanadas del Ministerio de Educación Pública, también comentadas en nuestros editoriales, sobre la deserción escolar, particularmente en la enseñanza secundaria, el escaso número de estudiantes que obtienen el bachillerato (solo un 30% ) y los numerosos jóvenes que, por esa razón, están condenados a realizar labores generadoras de bajos ingresos. Un capítulo aparte merece la mala calidad del sistema educativo que los afecta a todos y a la sociedad en general.

En cuanto a la explotación sexual, el tema adquiere otra dimensión, dada la forma oculta, frecuentemente, en el entorno familiar, como se desarrolla, y la mayor indefensión de los niños. Cabe mencionar, asimismo, la agresión física, moral y psicológica, en las relaciones domésticas, que dejan honda huella en la infancia y en la adolescencia, así como la corrupción de menores, de parte de adultos que ejercen sobre ellos alguna influencia o ascendiente, sea educativo o religioso. Conocidos de sobra son los escándalos en este campo en nuestro país, agravados por la alcahuetería, omisión o complacencia de las autoridades encargadas de intervenir o sancionar a los responsables. La tolerancia cero, en muchos casos, no ha sido sino una evocación retórica. Debe pasarse, en materia tan sensible, de las prédicas a los hechos.

Se refiere, asimismo, la carta pastoral citada a la brecha entre ricos y pobres, así como a la pobreza, la exclusión y a la injusta distribución fiscal, pese al crecimiento económico habido. Otros atribuyen aquellos problemas sociales al proceso de apertura en décadas pasadas. No se debe incurrir, en esta materia, en simplificaciones, prejuicios o posturas ideológicas que, más bien, contribuyen a aumentar los problemas sociales o a relegar las soluciones pertinentes. De aquí la necesidad de formar el criterio de la gente con conceptos claros y mediante un análisis objetivo de la realidad. En este marco reflexivo no deben, en modo alguno, dejarse de lado las causas que, en verdad, han afectado seriamente el desarrollo social del país, pese a los recursos de que han dispuesto las instituciones para atender los problemas sociales.

Entre estas causas destacan, como lo hemos comentado hasta la saciedad, la corrupción, la pésima gestión pública, la impunidad, la falta de autoridad, el clientelismo político y la renuencia a tomar decisiones, por temor a los grupos de presión, de cualquier signo. Y son los sectores más pobres del país, en especial los niños y los adolescentes, quienes han sufrido estas desviaciones morales, políticas o técnicas. Los dirigentes políticos, religiosos, educativos son los llamados a hablarle al pueblo con lucidez, sentido del bien común y de unidad, y con apego a los hechos, cada uno en su ámbito particular. El bloqueo que nuestro país sufre, desde hace años, se origina en este conjunto de causas, que es preciso enfrentar con hidalguía patriótica y claridad de miras.

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