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Superar la ausencia de Dios

En los hechos horrorosos tenemos una luz que no deberíamos perder en nuestro tercer milenio

Alberto Casals
acasals2003@yahoo.com
Presbítero

En la historia relativamente reciente tenemos muchas lecciones todavía poco maduradas. Parece que no queremos acordarnos de los horrores del nazismo, de la invasión de Polonia con la fuerza de los carros de combate y de una aviación despiadada contra la población civil. Allí el respeto a la dignidad de las personas quedó anulado, no solo para los judíos y católicos sino también para quienes sin ser creyentes no adoptaban una renuncia total a pensar con libertad. La clase intelectual pensante y heredera de una rica tradición cultural fue vista por los nazis como el peor enemigo de su ideología.

Después del nazismo cayó sobre Polonia el comunismo, que imponía la total ausencia de Dios en su proyecto social. En cierto modo tuvimos a la vista, descaradas, algunas características de lo que cabe esperar para el hombre cuando se autogobierna sin “ley natural” y con la “ausencia de Dios”. Así cayeron también bajo el fuego comunista montones de obreros en la agredida Polonia.

Anticipación. Se nos ha hablado de un infierno eterno en numerosos textos religiosos revelados por Dios, en la Biblia, que cuesta mucho llegar a comprender, como cuesta digerir esas realidades históricas de las décadas de 1930 y 1940. Pero ahí, en esos hechos horrorosos, tenemos una luz que no deberíamos perder en nuestro tercer milenio. El hombre sin Dios, con el rechazo de la comunión con su Creador y Padre, descompone la buena marcha de la sociedad, organizada como anticipación aquí de lo que se nos ha revelado sobre la infelicidad de la muerte eterna sin Dios.

Volvamos al amor que une –Dios es amor– a la comunión de las libertades, que tiene dos vertientes inseparables: la comunión con Dios y la comunión entre los hombres, hijos de Dios. “Si vivimos contra el amor y contra la verdad –contra Dios–, entonces nos destruimos recíprocamente y destruimos el mundo. Así no encontramos la vida, sino que obramos en interés de la muerte”. Cfr. Benedicto XVI, 8 de diciembre del 2005.

Lección. Por si pareciera poco en la historia reciente, ahora tenemos encima el terrorismo universal, otra versión del odio rencoroso, aparentemente imparable, y la amenaza de las armas nucleares sin control. Imparable parecía en Polonia el nazismo y después el comunismo, pero nos dejaron una excelente lección, que debería ser también llamada esperanzadora y salvadora, puesta al alcance de todos nosotros: saber perdonar, aprender a perdonar, sembrar el amor, ahogar los males del presente en la abundancia de la fraternidad y el esfuerzo por tratar de comprender las heridas que, en el pasado histórico, engendraron tanto terrorismo; renunciar a tantas inversiones económicas en placeres excesivos y en armamentismo; y con conciencia joven, renovada y generosa, poner remedio a la pobreza abriendo fuentes de trabajo orientadas hacia la cultura y la paz con Dios, al alcance de todos.

El reto debe ser trabajo para todos, puertas abiertas para participar activamente en el desarrollo cultural y económico en cualquier país, y apertura de las personas a la cercanía de Dios Padre en todos los ambientes.

Ojalá que estas ideas se hagan verdaderamente presentes en la mente de todos los gobernantes y legisladores del país ante los horrores de la violencia que tanto nos preocupa.

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