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Aporía de los derechos humanos

El ser humano dio un gran paso al proponer que todos somos iguales, libres y fraternos

Luis Lara
Filósofo

En este asunto, como en tantos otros de la civilización actual, observamos, con asombro, un grado increíble de confusión y de absurdidad. No ponemos en duda la gran transformación sociopolítica que originó la aparición de tales derechos en la Declaración de Independencia de los Estados Unidos en 1776, firmada por Thomas Jefferson, en la Constitución francesa de 1791, en plena revolución, en el precedente inglés del Bill of Rights de 1788, a raíz de la revolución gloriosa en la Declaración de los Derechos Humanos de la ONU, en 1948, y en la mayoría de las constituciones políticas de Occidente, incluida la nuestra.

¿Dónde está, entonces, el problema, la dificultad, el asunto de difícil salida lógica (aporía)? No podemos negar que el ser humano, maligno por naturaleza, dio un gran paso, acrobático, de agilidad mental y de generosidad al proponer que todos somos iguales, libres y fraternos (hermaniticos), sobre todo ante la ley y los derechos civiles, individuales y colectivos. Ese es fruto maduro y prenda gloriosa del liberalismo desarrollado en el siglo XIX y vigente en buena medida hasta hoy, aliado afortunadamente con principios socialistas moderados, que pueden inmunizar contra la peste del comunismo.

Seres monstruosos. El problema estriba en que, en muchas circunstancias y casos muy calificados y de carga política, se evitan los abusos, las arbitrariedades, por un lado, y se cae en la injusticia de estimar como ciudadanos iguales, seres humanos con los mismos derechos como “hijos de Dios”, a seres monstruosos que por sus mismas fechorías incomprensibles han perdido, de suyo, si no todos, al menos la mayoría de los derechos universales. La violación y muerte de menores (monstruosidad que no tiene parangón con ninguna otra), el narcotráfico, el terrorismo, el genocidio, entre otros delitos, no admiten otro castigo que la pena de muerte o la cadena perpetua, decretada en juicio sumario y sin dilación alguna.

Es chocante que se trate como ciudadanos a los máximos enemigos de la sociedad y de la civilización. La impotencia a que se ha llegado lo único que propicia es una acumulación de desafueros y fechorías hasta el momento en que aparece la reacción colectiva generalizada, con el estímulo de los instintos más primitivos, que siempre están al acecho y en espera de una oportunidad para aflorar con las atrocidades de siempre. En estas circunstancias, la crueldad humana prueba que siempre es la misma, desde las civilizaciones mesopotámicas, 3500 a. C., hasta la de hoy.

En la práctica del horror solo cambian las técnicas; y muy pocos pueblos en la historia podrían ufanarse de no haber cometido atrocidades teratológicas en periodos de guerra y de paz.

Engaño y atasco. Cuando observo que al dictador genocida de Yugoslavia (Milusevic) lo tuvieron en prisión preventiva en una cárcel del Tribunal Internacional y no se le pudo juzgar nunca porque murió de muerte natural mientras el engorroso trámite de la papelería judicial seguía su oneroso y estancado curso, pienso que la humanidad está engañada por sus propios principios, atascada en sus ataduras humanitarias. Y esto no significa que se ha vuelto buena de un momento a otro por insuflación divina. Es el terror a sí misma lo que la tiene paralizada en sus deliberaciones y normas. Es una pesadilla que tenemos que reconocer como merecida y justa.

Todavía hace pocos días veíamos en los medios de comunicación, arrogante e impostor, insultante y agresivo a Sadam Husein, el dictador que arrasó a toda una población con gases letales, como si fueran cucarachas (tal vez, sí), porque manifestaban la inconformidad con su política. Admiro mucho la política internacional de don George Walker Bush, por su gallardía y su preclaridad de ideas, pero estimo que haber dejado vivo a uno de los líderes árabes de mayor capacidad de influencia en grupos enemigos de Occidente es un error político y una injusticia.

Ya había dicho Confucio, 2.500 años atrás, que las civilizaciones se arruinan a base de leyes y de justicia, cuando se acumulan y confunden. Un momento de contrición, según los antiguos, da a un alma la salvación. Ahora podríamos decir que es un instante de reflexión, si no para la salvación, sí para la claridad mental que nos debe acompañar a todos en el Apocalipsis que parece vislumbrarse en el horizonte, con “claros fuegos de la cima”. Los procesos judiciales actuales son como un río tan apacible y calmo que parece un estanque en busca de secretos cauces.

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