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EDITORIAL

Educación y distribución del ingreso

El Estado debe concentrarse en hacer mejor lo que también le corresponde: educar bien a la población
En vez de consolidar abusos y buscar chivos expiatorios, debemos preguntarnos por qué no se elevan los niveles de ingreso y escolaridad


El título de esta reflexión debería ser, quizás, educación y generación del ingreso. O, mejor aún, educación y las causas asociadas a la creación de la riqueza. Se ha llegado a comprobar que los mayores o menores niveles de educación formal inciden directamente en los mejores o más modestos niveles de ingreso que reciben los trabajadores y demás perceptores de las distintas formas de remuneración (sueldos, honorarios, intereses, alquileres, dividendos y participaciones). Cuanta más (y mejor) educación, mayores ingresos. Y a la inversa. Así quedó demostrado en un interesante estudio realizado recientemente por Víctor Hugo Céspedes, director del INEC, y Ronulfo Jiménez, investigador de la Academia de Centro América, con base en la encuesta nacional de ingresos y gastos, del cual hicimos un amplio reportaje el jueves anterior.

Desafortunadamente, la distribución del ingreso, medida por el coeficiente de Gini, se deterioró en Costa Rica durante el período comprendido entre 1988 y 2004, en el que un porcentaje menor de la población recibió un porcentaje mayor del ingreso generado en el país. Es cierto que en 1984 el 20% más rico de la población tenía un ingreso 11 veces mayor que el 20% más pobre y que, en el 2004, la diferencia era casi de 20 veces más. Pero también es cierto que los gana-dores se caracterizaron por tener más años de escolaridad (12 años o más), lo que les permitió adaptarse oportunamente a las circunstancias cambiantes de la economía, tales como el aumento en la demanda por trabajadores calificados o el flujo de inmigrantes menos calificados que se incorporaron a la fuerza laboral, y realizar una mayor contribución a la conformación del ingreso nacional. La fórmula del éxito (o fracaso) en los planos personal y colectivo parece indisoluble: a mayor y mejor educación, mejores serán los ingresos. Y de ahí se derivan varias lecciones importantes para la configuración de las políticas del Estado en su lucha por abatir la pobreza y lograr una mejor distribución del ingreso.

La primera, evidentemente, es que se deben realizar todos los esfuerzos posibles para que la población costarricense aumente los años (completos) de escolaridad. Y en ese esfuerzo, que va mucho más allá de aumentar simplemente el gasto en educación y subsidiar a los padres de familia para mantener a sus hijos estudiando, deben contribuir el Estado, los maestros y profesores, patronos, padres de familia y los propios estudiantes. Porque, al final, poco se logra, aunque se gastan más recursos o subsidian a los padres, si la educación es mala y los educandos no ponen todo su empeño en permanecer más tiempo en las aulas y adquirir una buena educación formal. Y esa es una segunda lección importante: el esfuerzo individual, afín a la naturaleza humana, es fundamental para el progreso y desarrollo, no solo en los años tempranos de la formación académica, sino, después, durante la competida vida laboral, que podríamos denominar la gran escuela de la vida. Los trabajadores siempre tienen –y tendrán– algo nuevo que aprender. Y de ahí se deriva otra gran lección: cometen un error quienes pretenden responsabilizar al Estado, o a los ricos, por todas las miserias y calamidades humanas, sin pensar (ni enseñar) que buena parte del éxito en el desarrollo humano depende del esfuerzo individual, desde los años de estudiante. El expresidente de los EE. UU. John F. Kennedy lo expresó hermosamente una vez: No piensen en lo que puede hacer el país por ustedes, sino en lo que pueden ustedes hacer por el país. Y por ustedes mismos, agregaríamos nosotros.

Los populistas, en vez de exaltar la superación individual como un valor humano, destilan odio y resentimiento al condenar la riqueza y la superación (a veces con proyectos de ley populistas), e ignoran que los que reciben más son los que más aportan al proceso productivo. El problema, bien entendido, no son los ricos ni la riqueza (y el empleo) que generan. Tampoco, el sistema de libre mercado que caracteriza a la sociedad costarricense. Condenarlos a los dos, como suelen hacer, es condenar el esfuerzo y la superación, fuentes primordiales del progreso y la riqueza, para tratar de sustituirlos por un proteccionismo y paternalismo estatal ya superados por la historia. Costa Rica, como la gran mayoría de las naciones, está inmersa en un proceso de apertura cada vez mayor e irreversible. Eso exige no solo la concurrencia de trabajadores especializados y empresas de servicio, sino también de una fuerza laboral mejor preparada para competir y producir. El sindicalismo absurdo como el del Sintrajap en Japdeva que pretende imponer por la fuerza remuneraciones que no se corresponden con su baja productividad ni precario esfuerzo laboral generan una mala distribución del ingreso y un pésimo ejemplo para el resto de la fuerza laboral.

Es claro que la mayor y mejor educación conduce a mejorar la productividad. También es claro que la competencia internacional exige a las distintas categorías de trabajadores ubicados en los mismos (o similares) niveles de escolaridad ser más productivos para no salirse del mercado. Y ahí juega no solo el número de cursos aprobados, sino también la calidad de la educación por año respectivo. En vez de consolidar abusos y buscar chivos expiatorios para explicar los menores ingresos relativos del resto de los trabajadores privados, se debe analizar metodológicamente por qué un porcentaje importante de la población no ha logrado mayores ni mejores niveles de escolaridad y de ingresos. Y ahí sí cabe la acción decidida del Estado.

Sabemos, desde luego, que otros factores inciden también en la distribución del ingreso, como las políticas tributarias y fiscales, programas sociales, asistencia directa a los más necesitados o desvalidos y otros programas sociales. Pero, ahora, se ha develado una especie de mito. Todos esos factores, aunque cualitativamente importantes, tienen una incidencia cuantitativa menor, comparados con la remuneración primaria que el sistema productivo asigna al capital humano. No se debe perder de vista que esas fuentes, aun por encima de la ayuda asistencial, están determinadas por los salarios y remuneraciones; es decir, por el aporte que cada quien realiza a la sociedad. Y, en eso, influye el capital humano. Para lograr una mejor distribución del ingreso, el Estado tiene una importante función que cumplir. En vez de gastar tiempo y recursos persiguiendo fines ambiciosos que nunca va a lograr (como la creación de múltiples instituciones burocráticas para cuanto problema existe) o distorsionar el mercado con proteccionismo productivo o laboral, debería concentrarse en hacer mejor lo que le corresponde: educar bien a la población.

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