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Chepe Miranda el alabado Fernando Durán Ayanegui Biligrán Ramírez me pide que opine sobre la llegada al “aeropuerto de Alajuela” de José Luis Miranda, un puertorriqueño que se autoproclama Cristo redivivo. Cuando le explico que me tienen sin cuidado los ticos que quieran creer en los indemostrables milagros de un señor con apariencia de boxeador retirado, y le recuerdo que es a él, en su condición de predicador, a quien le toca refutar, por estrafalarias, ciertas afirmaciones de Miranda, Biligrán gorjea algunas beatitudes y acaba afirmando que “después de todo, nada raro tiene que un pueblo tan ayuno de buenos dirigentes como el nuestro se deje subyugar por un líder espiritual de índole más bien desfachatada, muy similar a la de otros que por aquí tenemos, tanto en política como en religión”. Me quedo mirándolo con cara de querer verlo colgado de un poste, de modo que se ve obligado a declarar: “El problema es que cuesta mucho creerle a este boricua porque no tiene apariencia de hijo de Dios”. “Según vos”, le replico, “si el auténtico Enviado se te presentara, ¿cuál sería su apariencia? Recordá que en Costa Rica ya se nos han aparecido algunos mesías, la mayor parte de ellos muy feos y algunos más bien con pintas gangsteriles, como si fueran de la familia de los Sopranos. Además, me da la impresión de que te habría gustado creerle a ese gordito puertorriqueño”. Confiesa, entonces, Biligrán que, en efecto, la seguridad con que, al pisar el sagrado suelo alajuelense, Chepe Miranda declaró ser la encarnación de Dios, lo impresionó tanto que, por si acaso, lo buscó para pedirle algunos milagros. Le hago ver que, a mi juicio, no hay nada de milagroso en un “mesías” incapaz de prever que a su mujer no la iban a dejar entrar al país por falta del visado, pero Biligrán argumenta que el regreso forzado de su mujer fue el primer milagro del Salvador Miranda ya que, como buen turista gringo, el fin que lo trajo de visita a Costa Rica consistió en descubrir si hay ticas dispuestas a servir de magdalenas. Finalmente, me informa Biligrán que le pidió a Miranda que reuniera en el Palacio de los Deportes a los 500 políticos más corruptos de Costa Rica e hiciera el milagro de volverlos honrados y competentes, pero el puertorriqueño se negó a complacerlo, no porque se considerara incapaz de realizar tan extraordinaria hazaña, sino porque “si dejara tantos puestos vacantes en los partidos políticos, el resultado sería la ingobernabilidad absoluta de este país por falta de repuestos”.
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