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Los guayacanes

Facilismo, indiferencia, irresponsabilidad y abulia corroen nuestro tejido social

Carlos Fco. Echeverría


El guayacán es un árbol alto y sólido, de corteza parda y madera dura y resistente, tanto que en otros tiempos se la usaba en la construcción de máquinas. Es proverbial que don Lalo Gámez, que fue amigo cercano, colaborador y ministro de educación de don Pepe Figueres, se refería como “guayacanes” a los muchachos jóvenes y enérgicos, como aquellos con quienes compartió las luchas políticas de la incipiente socialdemocracia costarricense. Estaba bien escogido el término. Aquel fue un grupo al que le tocó vivir circunstancias históricas excepcionales, y que, bajo el liderazgo inspirado de Figueres, supo aprovecharlas para darle un nuevo aire al desarrollo político, económico y social del país. Fue una generación que se hizo luchando, que supo plantarse ante la adversidad y que luego, en el ejercicio del poder político, no tuvo miedo de hacer cosas nuevas y audaces, en su afán de darle un carácter más decente, próspero e igualitario a la nación.

La década de 1940 en Costa Rica fue increíblemente turbulenta y llena de paradojas. La primera de esas paradojas, que aun hoy nos cuesta entender, es que un gobernante claramente preocupado por los más desposeídos, y dispuesto con seriedad a hacer algo por ellos, apadrinara al mismo tiempo a un régimen contaminado de nepotismo, corrupción y desdén por la voluntad electoral del pueblo. Tal fue el caso del doctor Rafael Ángel Calderón Guardia. La segunda paradoja es la insólita alianza que se produjo entre el gobierno de Calderón, el partido comunista liderado por Manuel Mora, y la ilustre cabeza de la Iglesia Católica de aquel tiempo, monseñor Víctor Manuel Sanabria. Aunque, a decir verdad, Sanabria no fue en rigor un aliado del régimen, sino un defensor de sus políticas sociales, que se vio arrastrado, manipulado a veces, por la vorágine de los acontecimientos, pero que nunca perdió su independencia de criterio y su sentido de la justicia.

Figueres y EE. UU. Lo cierto es que las políticas de Calderón, las buenas y las malas, removieron las aguas de la sociedad costarricense. Del fondo de esas aguas emergieron, por un lado, el agresivo instinto de supervivencia de la vieja oligarquía, y por otro el preclaro oportunismo de Mora y el comunismo criollo. En la calle, lamentablemente, todo eso se tradujo en arrogancia, desprecio, confrontación y finalmente violencia. Los muchachos de la clase media urbana de entonces, los “glostoras y medallitas” del Corrido a Pepe Figueres, no estaban dispuestos a tolerar tales atropellos. Habían pasado su adolescencia viendo, como una interminable y agotadora película, los conflictos europeos que comenzaron con la guerra civil española y culminaron en la Segunda Guerra Mundial. Aunque no vivieron esas guerras en carne propia, para ellos la paz, la democracia y el respeto a la dignidad humana adquirieron relieve de valores irrenunciables. De aquellos grandes conflictos, los Estados Unidos de América surgieron como paradigma de nación victoriosa, moderna y democrática. Figueres, que vivió y estudió la sociedad norteamericana, encontraba en sus valores políticos esenciales –sobre todo en los ideales de Thomas Jefferson – el código genético de las democracias del futuro.

Figueres encontró eco y respaldo en el grupo de jóvenes estudiantes y profesionales que se reunía en torno a Rodrigo Facio en el Centro de Estudio de los Problemas Nacionales. Incluso, durante un breve período, y a pesar de tener ya 38 años, formó parte del Centro. Había además otro pequeño conglomerado similar, aunque constituido por gente de más edad y más afín al ex- presidente León Cortés, llamado Acción Demócrata. Tres futuros presidentes de Costa Rica estuvieron entre sus miembros: el propio Figueres, Francisco J. Orlich y, mucho menor que ellos, Luis Alberto Monge. Aludo al tema de las edades porque tiene importancia. A pesar de los 20 años de diferencia, por ejemplo, entre Figueres y Monge – el mayor y el menor de todos ellos – lo cierto es que aquellos hombres se reconocieron y supieron actuar como una sola generación. Y, como bien dice Alberto Cañas en Los ocho años, solo las generaciones pueden efectuar cambios profundos y duraderos en una sociedad.

Valverde y Facio. Lo demás, como dicen, es historia. Aquellos cien o doscientos jóvenes, unos más inclinados al pensamiento, otros a la acción, lideraron y ganaron una guerra civil, formaron gobierno, reformaron la Constitución (con el concurso, no siempre constructivo, de otros patricios) y en las siguientes tres o cuatro décadas le dieron un nuevo rostro a Costa Rica. Crearon un Estado moderno, potenciaron las fuerzas productivas, propiciaron el desarrollo de una amplia clase media, y, en suma, hicieron de este país una venturosa anomalía en América Latina; un “pequeño experimento democrático”, como decía don Pepe, autor además de la tercera gran paradoja de aquella y de todas las épocas: la disolución de un ejército victorioso, y la abolición definitiva del ejército como institución permanente.

Ha transcurrido más de medio siglo. La Parca, que segó en pleno florecer las vidas de algunos de aquellos guayacanes –Carlos Luis Valverde, Rodrigo Facio – ha aumentado poco a poco su cosecha. El bosque de guayacanes se ha venido raleando. Han sido pocos los retoños, de similar fuste y estatura, que han logrado crecer bajo su clara sombra. El país se resiente por ello. Tal vez nos hemos dormido en los laureles. Tal vez ha hecho falta un desafío como el que, en la década de 1940, representaba el régimen calderonista. Los retos de hoy son más complejos, abstractos y sutiles: el facilismo, la indiferencia, la obsesión por lo inmediato y lo material, la irresponsabilidad y la abulia. Feos monstruos que corroen el tejido social laboriosamente construido en tantos años. No es esto lo que merecen los viejos guayacanes. Tampoco lo merecen las generaciones emergentes y por venir. ¿Habrá entre nosotros una generación que sepa sacudirse la modorra, levantar miras y construir, sobre tan buenas bases, una Costa Rica digna de su propia historia?

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