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EDITORIAL

Una decisión miope

Las barreras fronterizas de los EE. UU. son un pésimo mensaje al hemisferio
Por desgracia, la política interna ha prevalecido sobre otras consideraciones


Después de varios meses de discusión, infructuosas gestiones diplomáticas de México y otros países, y el rechazo de amplios sectores de la población estadounidense, el presidente George W. Bush promulgó el pasado jueves la ley que autoriza la construcción de 1.125 kilómetros de barreras a lo largo de diversos tramos de su frontera sur. De este modo, culminó un proceso que se había iniciado con la aprobación de la propuesta por parte de la Cámara de Representantes, a la que siguió el refrendo del Senado y, finalmente, la firma presidencial.

Estamos ante una decisión sesgada y miope, que enturbiará las relaciones de Estados Unidos con América Latina, especialmente México, alimentará el arsenal de los profesionales del antiyanquismo y afectará la imagen de la potencia en nuestro hemisferio y otras latitudes. ¿Por qué, entonces, se ha tomado? Desgraciadamente, por consideraciones electorales de muy corto plazo, centradas en las elecciones legislativas de medio período, que se celebrarán en noviembre. El oficialista Partido Republicano ha venido perdiendo terreno en las preferencias de la población frente a la oposición demócrata, fundamentalmente por los problemas que ha generado la intervención militar en Iraq, y, según lo que muestran los encuestas, es prácticamente seguro que el partido de Bush pierda su mayoría en la Cámara, e, incluso, existen posibilidades de que los demócratas también los superen en el Senado.

Ante tal panorama, el Ejecutivo está haciendo lo posible por controlar daños y, sobre todo, por incentivar a los sectores conservadores que hoy constituyen su principal y más militante sector de apoyo, para que movilicen la mayor cantidad de votos posible. Una forma de lograr esto es, precisamente, mostrando dureza en el tema migratorio, y ¿qué “mejor” mensaje que dar luz verde a la construcción de las barreras fronterizas?

Sin embargo, al evaluar la decisión en sus reales dimensiones, es necesario tomar en cuenta algunos elementos adicionales. El primero es que cada estado tiene derecho a definir sus políticas migratorias según sus realidades nacionales. En segundo término, los flujos migratorios masivos responden tanto a problemas internos de un país que expulsa población (sea México o Nicaragua, por ejemplo), como a oportunidades que existen en el receptor (Estados Unidos o Costa Rica); por ende, estos problemas difícilmente se pueden resolver desde un solo lado de los actores. En tercer lugar, para que la construcción de las barreras se convierta en realidad, se necesitan multimillonarias sumas, pero solo se han autorizado gastos por menos de la cuarta parte, lo cual indica que la construcción será lenta. Por último, esta decisión es parte de un planteamiento más integral de política migratoria del Ejecutivo estadounidense, que también incluye el otorgamiento de permisos temporales de trabajo y otras medidas más integrales.

Por desgracia, el único elemento que, hasta ahora, ha sobrevivido del esquema migratorio más amplio, es el amurallamiento de la frontera. De aquí su gravedad y los negativos efectos que producirá, sobre todo en las relaciones con América Latina. ¿Hay posibilidades de enmendar esta decisión? Si, pero requerirá un serio trabajo para impulsar la aprobación legislativa de una política más racional, lógica y humana de cara a los migrantes y sus países. La crispación política interna actual es un obstáculo para avanzar en ese sentido, y ya hay daños reales, sobre todo de imagen, que son irreversibles. Por esto, tras las elecciones de noviembre, es imperativo que el Gobierno, los republicanos y los demócratas reaccionen con seriedad y corrijan lo que sea posible.

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