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Auspiciar el talento

No es el silicón, sino el ingenio humano incorporado, el que da valor al microchip

Álvaro Cedeño
acedenog@racsa.co.cr
Economista

Informa The Economist (“The brain business”, octubre 12, 2006) que existe una preocupación en Europa sobre cuáles países son mejores en auspiciar y utilizar conocimientos y destrezas. En los tiempos que corren, la adición principal de valor viene del conocimiento. No agrega tanto valor la materia prima como el diseño. No es el silicón sino el ingenio humano incorporado el que le da valor al microchip. La Unión Europea ha proclamado su meta de llegar a ser la economía basada en el conocimiento más competitiva y dinámica del planeta, porque ve el conocimiento como motor del desarrollo.

Informa la revista que dos tanques de pensamiento, el Lisbon Council in Bruselas y el Deutschland Denken han formulado una tabla de indicadores diseñada por Peer Ederer de la Universidad Zeppelin. Eso es un gran paso adelante porque traducir a indicadores conceptos como conocimiento y talento hace que los países puedan formular programas más específicos, más concretos. Hasta ahora no se había tenido una buena medida de cuáles países lo están haciendo mejor al respecto, porque se recurría a indicadores imprecisos, como, por ejemplo, cuánto se invierte en investigación y desarrollo.

La primera escuela. La tabla de indicadores del profesor Ederer está formada en primer lugar por la masa de conocimientos o dotación de capital humano. Imagínelo como una suma de grados: tantos doctores, másteres, bachilleres, graduados de sexto grado, etc. Esto es el resultado de lo que la educación formal ha hecho por la población de un país. Pero, además, agrega otras variables que despiertan nuestro interés: el tiempo que los progenitores dedican a su papel de padres, lo cual es un reconocimiento de que la primera escuela es el hogar; los esfuerzos de educación de adultos, manifestación parcial de la educación continua; y la formación que se efectúa en las empresas, complemento indiscutible de la educación formal. Yo agregaría la educación informal: eso que vamos aprendiendo sin proponérnoslo, eso que hace que, aun quienes no han tenido ninguna educación formal, tengan valiosos conocimientos y formas de discurrir.

Este capital humano sufre un ajuste negativo por la obsolescencia del conocimiento: ¡para qué nos sirve hoy saber cómo se repara una máquina de escribir!, y otro ajuste negativo por el olvido: ¿Cuánto ha olvidado un profesional cinco años después de su graduación?

Una segunda medida es la utilización del capital humano: ¿Se utiliza el talento en el trabajo? ¿Cuán temprano, cuántos años? Alemania, por ejemplo, ha salido mal puntuada porque sus másteres no empiezan a trabajar sino a los 28 años. Esto resalta la necesidad de no alargar indebidamente las carreras y de no retener indebidamente al estudiante. Pero también lleva a pensar en que el retiro temprano es una pérdida de talento.

Productividad y creatividad. La tercera medida es la productividad del capital humano, la cual se obtiene de relacionar la producción con la dotación de capital humano y no con el total de horas trabajadas. Creemos que por aquí ronda el tema de la creatividad: las personas creativas hacen rendir más sus conocimientos. Una cuarta medida es si la población económicamente activa crece o se encoge como en muchos países de Europa.

Como se ve, para propósitos de desarrollo económico, el gasto en educación no es la única variable estratégica. También hay que operar sobre las actividades de valor que producen conocimiento y lo transmiten, en el hogar, en las empresas y en las instituciones educativas. Estimular la creatividad. Y ubicar a las personas de talento donde su contribución sea mayor y durante el mayor tiempo posible.

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