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Invitación al gozo Yolanda Oreamuno es una de esas figuras de las que nunca se hablará suficienteJacques Sagot Todos tenemos nuestra galería íntima, personal de la belleza. En ella ponemos las cosas más cercanas a nuestro corazón, aquellas donde nuestro concepto de lo hermoso se encarna de manera más perfecta. Y no es sin reservas que hablo de “cosas”, porque la obra de arte es todo menos una cosa. Es, antes bien, un ente que cobra vida y reverdece cada vez que lo gozamos. Aun en las obras de arte más perfectas hay momentos, lugares, pasajes, que se alzan sobre su contexto, que representan, por así decirlo, cimas entre las cimas. Hay por lo menos una docena de razones por las que cabe afirmar que La ruta de su evasión es la más bella novela que nuestro país ha producido, y no es hiperbólico ubicarla, de hecho, entre las más importantes piezas narrativas de la literatura latinoamericana. Dejemos la enumeración de estas razones para otro artículo –Yolanda Oreamuno es una de esas figuras de las que nunca se hablará suficiente–. Quiero hoy tan solo referirme a una de las más bellas epifanías en medio de una novela que ya de por sí es, toda ella, una especie de gran revelación. Aludo al episodio del alumbramiento de Cristina. Decía Lévinas que el alumbramiento era la única instancia donde el Uno devenía al mismo tiempo lo Otro. Alteridad dentro de la unidad. Escisión profunda del yo. Es lo que Machado, por boca de Juan de Mairena, llamaba “la esencial heterogeneidad de la sustancia única”. ¿Algo unitario y completo en sí mismo que se disgrega en otras cosas, y deja de ser algunas para encarnar otras? ¿No dejaría esto “huecos”, lugares vacíos en la plenitud del Ser? ¿No es esta recusación del viejo Parménides una irresoluble paradoja? Estamos aquí ante una instancia singular donde los principios lógicos y ontológicos que durante milenios hemos tenido por universales se ven desestabilizados. El alumbramiento de Cristina representa una desconcertante aporía, la más bella plasmación imaginable de lo que decían Machado y Lévinas. Éxtasis y agonía. La maternidad y el concepto de la fractura del Ser tira por el suelo, ni más ni menos, que el segundo de los tres grandes pilares de la lógica occidental: el principio de la no contradicción, cuando un juicio afirma lo que el otro niega, es imposible que los dos sean verdaderos. Si uno de los dos juicios contradictorios es verdadero, el otro tiene que ser falso. ¿Cómo puede ser la sustancia única al mismo tiempo heterogénea? La idea de que el Ser, a través del alumbramiento, se convierte también en otro, es un escándalo ontológico. Por esto es que el alumbramiento se experimenta como éxtasis y agonía al mismo tiempo: la vida es muerte; la muerte, vida. La gota de agua segregada e individualizada del océano –el niño– cobra vida como gota, pero muere como océano. ¿Y del lado de la mujer? ¡Terrible gozo, que perpetúa y asesina al mismo tiempo! Cedámosle la palabra a Unamuno: “Todo acto de engendramiento es un dejar de ser lo que se era, un partirse, una muerte parcial. El supremo deleite del engendramiento no es sino un anticipado gustar la muerte, el desgarramiento de la propia esencia vital. El espasmo genésico es una sensación de resurrección en otro, porque solo en otros podemos resucitar para perpetuarnos”. Mi invitación. Yolanda expresó todo esto –desde una perspectiva existencial y no teórica– con más elocuencia que los distinguidos caballeros antes citados. Por esto, y por mil razones más, es necesario seguir hablando de ella. El jueves 26 ofrezco la tercera conferencia del ciclo que este año he presentado sobre la obra de Yolanda Oreamuno. Las ponencias anteriores fueron completamente ignoradas por la gente encargada de la cultura en nuestra prensa. Por eso he decidido en esta oportunidad hacerle llegar al público mi propia invitación: jueves 26 a las 7 p. m. en el Instituto Cultural Mexicano: “La Vivencia del Alumbramiento en la Obra de Yolanda Oreamuno”. Lectura, diálogo, música, imágenes. Érase una vez una inmensa, altiva secuoya, que por capricho de los dioses brotó en medio de un enorme cafetal. En lugar de cuidarla y reposar a su sombra, la talamos y la hicimos pedazos. ¡Y todo porque le tuvimos miedo! Nos queda su aroma, sus raíces colosales, su ausencia-presencia. Debemos estudiarla y atesorarla.
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