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Cordura y libertad de expresión

Resulta incomprensible el uso de violencia o insulto para imponer criterios políticos

Víctor Ml. Mora Mesén
Director Saint Francis College

No hay duda de que ejercer el derecho de expresión tendría que tener como motivo fundamental mejorar la sociedad. Pero no es simple: lo que para unos puede significar libertad a otros causa malestar. Los puntos de vista encontrados son característica de las lecturas que los humanos hacemos de la realidad. Esto representa gran vitalidad, ya que la uniformidad de criterios conlleva sin remedio a la pasividad.

La crítica constructiva e inteligente es baluarte indispensable para quienes quieren comprometerse con la justicia; y puede constituirse, a su vez, en impulso al crecimiento de la persona, sus ideas y proyectos.

Libertad, no libertinaje. Pero hoy parece confundirse la libertad de expresión con el libertinaje de pareceres y acciones. Nos hemos visto invadidos con toda clase de manifestaciones públicas –van desde los insultos personales hasta la agresión física–, cuyos protagonistas demandan que se entiendan como expresiones del derecho democrático a externar posiciones políticas. Pese a lo variado de esas manifestaciones, se entrevé una característica común: la intolerancia frente a las ideas o hacia la existencia del otro, del distinto.

En una discusión sana, la divergencia ayuda a definir mejor los propios argumentos. Cuando se tornan irreconciliables, porque no se encuentra en ellos una vía de entendimiento y definen lógicas diferentes, la vía sensata es la cordura y el reconocimiento de las propias posiciones irrenunciables. Es decir, aceptar con realismo que, igual que la de los otros, nuestra interpretación de la realidad se basa en principios no necesariamente evidentes o irrefutables para todos. Podríamos decir que este acto de humildad fundamenta la democracia como posibilidad para resolver los conflictos sociales.

El análisis riguroso. No tolerar posiciones diversas o acusarlas a priori de no racionales es evadir la discusión y, por ende, reconocer la propia debilidad argumentativa; o, tal vez, asumir que no hay manera de ser escuchados a no ser de forma violenta. ¿Es este el caso de Costa Rica? La respuesta es no, ya que todo tipo de pensamientos políticos pueden encontrar ámbitos de exposición y discusión. Es cierto que algunas posiciones se ven favorecidas por mayor difusión social; otras, no tanto. Pero no por ello se marginan al silencio absoluto. Un ejemplo es la discusión sobre el TLC, donde los argumentos a favor o en contra han aparecido en todos los medios de comunicación, además de que la gran diversidad de posiciones ha sido atendida en la comparencia de los grupos sociales ante la Asamblea Legislativa.

Por todo ello, resulta incomprensible que se recurra a la violencia o al insulto para imponer los propios criterios. Se hacen generalizaciones fáciles, que desvirtúan personas o instituciones, pero que no tienen asidero en un análisis riguroso. La realidad política, económica y social es demasiado compleja para pretender encasillarla en un eslogan simplista que anuncia la salvación o la condena. Como nación, tenemos situaciones difíciles que claman por nuestro compromiso concreto. Tal vez estemos delante de una profunda carencia de identidad cívica, pero su superación no radica en el mantenimiento inflexible posiciones ideológicas, sino en la entrega permanente de la propia persona a la causa de la justicia, aun en el caso en el que se haya tenido que aceptar y respetar la no coincidencia de la mayoría con nuestras ideas para conseguirla.

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