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Inmigrantes sobreviven a duras penas con ventas callejeras Venden papas fritas y gelatinas en parques y aceras del centro de San JoséPolicía investiga a algunos extranjeros por robo, trasiego de drogas y timos Nicolás Aguilar R. naguilar@nacion.com El haitiano Dieu Veut Rilus es profesor de Francés, pero desde hace dos años sobrevive a duras penas vendiendo papas tostadas y bolsas de gelatina en parques públicos de la capital. Es un hombre alto, fornido y sonríe a todo el mundo, incluso a personas que lo miran con desconfianza, algunos con menosprecio, y se retiran cuchicheando sin comprarle nada. Trabaja de lunes a domingo desde las 7 a. m. hasta las 10 p. m. ofreciendo sus productos frente al Tribunal Supremo de Elecciones (TSE), los alrededores del Parque Nacional y la parada de buses de Cartago, entre otros sitios. Gana unos ¢3.000 por día, según dice, “apenas para comer, ir saliendo”, pero de su boca no brotan quejas ni maldiciones. “Aquí hay hospitales por todo lado y se puede caminar tranquilo a cualquier hora. Yo no pienso irme nunca de Costa Rica”, exclama este inmigrante con un rudimentario español que aprendió, asegura, “parando la oreja”. La situación en Haití es más que apremiante, de acuerdo con informes del Banco Mundial y la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO). Ese país cuenta con 8,3 millones de habitantes, de los cuales el 80% vive en condiciones de extrema pobreza. Además, el 64% sufre problemas de desnutrición.
Por eso, aunque Rilus con grandes dificultades puede ganar poco más de ¢90.000 al mes ($174), con los que paga una habitación, comida y el lavado de ropa, entre otros gastos, insiste en que su vida en suelo tico “es lo mejor que me pudo haber ocurrido”. “Aquí no hay violencia ni muerte. La gente no sufre, no hay hambre”, insiste, sin quitarle los ojos a una joven de esbeltas piernas que pasa a su lado. “A las ticas les gustan los negritos lindos como yo...”, exclama, riendo a carcajadas. Su vida en Haití, reconoce, “era un infierno”. “En mi país nos morimos de hambre. Yo daba clases de Francés en un colegio y nunca me alcanzaba el dinero. Alguien me habló de Costa Rica y un día me vine buscando algo mejor”, añadió Dieu, de 39 años. Al igual que él, otro centenar de haitianos, de acuerdo con informes policiales, tomó los principales parques de la capital y las aceras ubicadas frente a concurridos edificios públicos para vender papas, chicharrones y gelatinas desde tempranas horas del día hasta muy entrada la noche. No tienen días libres porque, como dice Rilus, “en mi cuarto no hay nadie con quien hablar y si me quedo encerrado no gano nada, y lo peor es que me puede dar tristeza”. “Yo venir porque en Haití no hay trabajo, no hay comida, no hay vida”, afirmó el también haitiano Josaphat Bemissoit.
Él se ubica a diario en el parque de Las Garantías Sociales, al costado sur del edificio de la Caja del Seguro Social, junto con otros cinco compatriotas a quienes no pierde de vista “por si hay problemas”. Llegó hace dos años al país y aún tiene dificultades con el idioma. En carreras. Dos de sus amigos, entre ellos una mujer, también haitianos, corrieron al ver la cámara del fotógrafo de La Nación. Luego se negaron a hablar porque, según alegan, no hablan español. Poco después se los escuchó ofrecer sus productos a varios clientes “a ciento cincuenta colones la bolsita”. Según informes de la Dirección General de Migración y Extranjería, hasta setiembre tenía registrados a 272 haitianos, la mayoría residentes en San José. El director de Migración, Mario Zamora, tiene una explicación para este fenómeno migratorio. “Lo que llama la atención es la modalidad migratoria que utilizan al concentrarse en grupo en determinadas zonas. Se trata de una modalidad de adueñamiento territorial”. Los haitianos ingresan por Sixaola, Talamanca, procedentes de Panamá, donde pagan hasta $3.000 a un hombre, al que no identifican “por temor”, quien les promete agilizar el permiso de residencia. Sospechan que muchos venden papas tostadas y gelatinas “para pagar deudas a su benefactor”, pero ellos lo niegan y aducen que no consiguen otro trabajo. “Yo buscar una vida mejor, pero nadie me da trabajo. Quería ser vigilante, pero dijeron que yo no hablar buen español”, respondió Benissoit, alzando, con evidente fastidio, las dos bolsas de plástico con plátanos y papas tostados. Otro foráneo, Muler Jean Joseph, de 28 años, quien era maestro de preescolar en Haití, reconoció que pagó en Panamá $2.500 por un permiso de ingreso al país.
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