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Una derrota anunciada Sadam y un fallido escenario de guerra que se basaba en suposicionesAntonio Barrios Oviedo anbarov@racsa.co.cr Profesor Del sinnúmero de escritos y relatos de guerra publicados a partir de la caída del régimen de Sadam Husein, casi todos tienen el objetivo de despenalizar al moderno “Imperio Romano de Occidente” (Casa Blanca, el Pentágono y el 10 Downing Street) del caos en Iraq. En la revista Foreign Affairs (setiembre 2006), aparece un nuevo análisis, “El engaño de Husein, visto desde dentro”, que destaca los yerros estratégicos de Sadam antes de la invasión. Sadam estaba seguro de que Francia y Rusia –del Consejo de Seguridad– y la diplomacia europea evitarían una invasión a Iraq. Más tarde todos se apartarían del camino de la coalición angloestadounidense, que arremetió contra Iraq y contra un mundo que rechazó la guerra. Sin espacio. El entonces jefe del Estado Mayor iraquí, Ibrahim Ahmad Abd al-Sattar, declaró que Husein creía que, aun sin apoyo internacional, su ejército causaría miles de bajas a la coalición, obligándola a parar la guerra antes de entrar a Bagdad, último bastión. Basarse en suposiciones y no posibilidades en un escenario de guerra complejo es un serio problema para cualquier estratega. Sadam tenía pocas opciones. No podía destruir puentes y caminos, porque tenía que movilizar su ejército y frenar cualquier revuelta interna, y menos incendiar los campos petroleros o abrir las represas para inundar el sur del país porque necesitaría toda la infraestructura para levantar de nuevo su gobierno. Zuhair Talib Abd al-Satar al-Nakib y Hashim Ahmad al-Tai, director de Inteligencia y ministro de Defensa, respectivamente, sabían que los soldados iraquíes requerían preparación real y lo que ocurriría si no se hacía con propiedad. Todo supuestamente estaba bien; la propaganda del régimen se ufanaba en decir que “si bien no vamos ganando la guerra, tampoco la estamos perdiendo” y “que la guerra va conforme a lo esperado”. Pese a que Sadam había determinado que el factor más importante del éxito militar residía en el “espíritu del guerrero”, este desapareció al sucumbir el ejército más poderoso de Medio Oriente, junto con el régimen. ¡Sí, sí, señor! Pese a que sus sicofantes lo informaban a diario de cualquier conjura en su contra, la desconfianza se adueñó del buen juicio de Sadam. Como nadie podía contradecir sus decisiones, la docilidad de sus allegados, era evidente, preferían halagarlo en todo. Sus antiguos comandantes, provistos de vasta trayectoria militar, fueron reubicados en puestos que no desafiaran el liderazgo de Sadam, y personas carentes de estudio y talento ocuparon sus lugares. De repente, los inexpertos hijos de Sadam, Uday y Qusay –poco o nada valientes para conjurar contra su padre– fueron nombrados jefes supremos de las principales ramas del ejército: los Fedayines, el ejército al-Quds (Jerusalén en árabe), la milicia del Partido Baaz y la Guardia Republicana, de la que Sadam desconfiaba más. Con el ejército iraquí en las manos equivocadas, el fin del régimen era cuestión de tiempo. Pese a que erráticamente seguía impartiendo órdenes a un ejército inexistente, Sadam pasó a ser un “hombre que había perdido la voluntad de resistir porque sabía que el régimen llegaba a su fin”, según Tarek Aziz, entonces viceprimer ministro. Solo sus más fieles seguidores tikritis (de Tikrit, tierra natal de Sadam) y del partido Baaz estuvieron con él hasta el final. Aún no hay pruebas de un plan nacional que involucre al antiguo régimen como responsable de la actual guerra de guerrillas en Iraq. De hecho, el panorama que hoy enfrenta la potencia ocupante es similar al que Washington desarrolló cuando exhortó a miles de árabes a luchar contra los soviéticos en Afganistán en la década de 1980. Los Estados Unidos iniciaron una guerra que ahora no pueden controlar. Mientras que los más sesudos estrategas militares avizoran un mayor desastre en Iraq, así como un inevitable rearme de los talibanes en Afganistán, los más tozudos del nuevo “Imperio Romano de Occidente” celebran sus hazañas militares.
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