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Vida en la empresa: ¡No al automóvil! acedenog@racsa.co.cr
Hace cien años, Henry Ford tenía un sueño: llegar a producir un automóvil tan barato que cualquier familia en Estados Unidos pudiera poseer uno. La masificación del automóvil, el sueño que Ford buscaba, representaba entonces un fuerte cambio en la forma de vida. Dicha aspiración comportaba la necesidad de hacer más caminos, sería crear medios para distribuir combustible, formar talleres y enseñar a conducir. Imaginemos qué ocurriría si ese proyecto privado se sometiera a la opinión pública.
Posiblemente una parte de la población observó las posibilidades que ofrecía ese cambio y se manifestó dispuesta a experimentar cómo sería un mundo donde se pudieran recorrer treinta kilómetros en una hora y no en varias. Donde, por ejemplo, se pudiera buscar trabajo un poco lejos del pueblo y no tener que construir las viviendas en torno al lugar de trabajo. Con la posibilidad de ir de día de campo a lugares lejanos, así como llevar carga y pasajeros.
Posiblemente vieron que el automóvil les abriría nuevas opciones y que les daría un poco más de libertad de acción. No obstante es posible que otra parte de la población de buena fe con buenos argumentos, se concentró en las debilidades o amenazas de la masificación del automóvil. Aquellos que pensaron entonces que pese al bajo precio, algunos no podrían comprarlo y las diferencias serían aún más evidentes. Tal vez imaginaron la inseguridad que los automóviles iban a traer para los peatones y en los accidentes de quienes se excedieran en la velocidad, sin mencionar la contaminación ambiental que se produciría y los costos para aprender a conducir. Hoy no cabe duda sobre cuánto tiempo se ha ahorrado, cuántos proyectos se han hecho posibles, cuánta riqueza se ha producido, gracias al automóvil, y casi podríamos afirmar que el bienestar de la humanidad sería menor si Ford o alguien como él no hubieran tenido éxito en su empeño por lograr su sueño. Dentro de cien años, podrían hacerse reflexiones semejantes con respecto a la decisión sobre el Tratado de Libre Comercio que hoy nos ocupa. Desde ahí, nos observarán nuestros bisnietos.
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