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Fórmula Uno Un pinchazo y un problema en bomba de combustible le restaron opciones Elmar Dreher DPA Sao Paulo, Brasil. No ganó el título de pilotos y tampoco pudo dar a Ferrari el de marcas, pero el alemán Michael Schumacher se despidió ayer de la Fórmula Uno con una espectacular carrera que hizo honor a sus muchos años de títulos y victorias. Dijo adiós como un campeón y como el que se preparó física y técnicamente para ser el mejor. La cara de Schumacher al bajarse de su bólido no reflejaba las cientos de sensaciones que se agolpaban en su cabeza. No era el adiós que había soñado, pero se marchaba satisfecho consigo mismo porque lo había dado todo en la pista, como en sus 16 temporadas dentro de la máxima categoría del automovilismo. El heptacampeón mundial, el hombre de los récords, deseó que jamás hubiera acabado el Gran Premio en Interlagos, Brasil. Su endiablado ritmo le permitió remontar desde la última posición, a que le había relegado un pinchazo, hasta la cuarta. Estaba a gusto en el Ferrari, en esa comunión casi perfecta con su bólido que le hacía volar por encima de los demás sobre el asfalto. Unas cuantas vueltas más le hubieran bastado para cazar al británico Jenson Button, quien cruzó la meta a menos de cinco segundos del germano.
Otros giros más le habrían servido para alcanzar al español Fernando Alonso, su heredero, a quien el segundo puesto de ayer le reportó su segunda corona mundial. Y por delante sólo le habría quedado su compañero de equipo, el brasileño Felipe Massa, para despedirse con una victoria. Pero en la vuelta 71 cayó la bandera a cuadros, esa que en 91 ocasiones a lo largo de su vida vio ondear en la primera posición. Esta vez no solo marcaba el final de una competencia. Era la bandera final para su carrera. “Está claro que me hubiera gustado terminar en el podio en la última carrera, pero evidentemente no fue posible. Ahora miremos hacia el futuro”, expresó Schumacher luego de la prueba. Sobre la mala suerte que lo persiguió en Brasil, con un defecto en la bomba del combustible en la clasificación y un pinchazo en carrera, ni una palabra: “Así son las carreras”, se limitó a decir.
Como siempre, estuvo frío en sus palabras, haciendo bueno el símil que utilizó el jefe de la Fórmula Uno, Bernie Ecclestone: “Parece que se graba a sí mismo y cuando le preguntan algo simplemente reproduce lo grabado”. Legado.La temperatura ya la había puesto sobre la pista el habitat natural de un piloto que deja en la Fórmula Uno una huella casi imposible de igualar. Siete títulos mundiales, 91 triunfos en 250 carreras, 68 pole positions, 1.364 puntos, 73 vueltas rápidas en carrera y otro sinfín de marcas que llevan su firma. Sobre el asfalto, adelantó a todo cuanto bólido se puso a su paso, incluido su sucesor en Ferrari, el finlandés Kimi Raikkonen, al italiano de Renault, Giancarlo Fisichella –en dos ocasiones–, y a su excompañero en Ferrari, el brasileño Rubens Barrichello. Fue la remontada de un campeón, de un excepcional deportista que se marcha a los 37 años demostrando por qué tiene todo el derecho a reclamar legítimamente el título honorífico de mejor piloto de la historia.
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