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Más allá de la ambición: ¡servir! Recordando la promesa hecha por Jesús acerca de dar tronos a sus discípulos y que aparece en Mt 19,28, dos de ellos aparecen al inicio del evangelio de este domingo aspirando a los puestos de honra. El Señor no se detiene demasiado en el tema, sino para indicar fundamentalmente dos cosas: vendrán momentos de fortuna y de calamidad que compartirán sus discípulos y él mismo, pero el lugar especial en la gloria no le corresponde más que al Padre asignarlo. Ahora, a raíz del diálogo con los hijos de Zebedeo y dada la reacción de disgusto de los otros apóstoles, Jesús aprovecha para hacer una reflexión acerca del poder y el servicio. Los suyos, dirá, han de invertir la manera de ejercer el poder de quienes están constituidos en autoridad a nivel civil. El manejo del monopolio de la fuerza será algo extraño e inservible para sus seguidores. El cristiano de buen espíritu regirá sirviendo y el criterio de ese servicio será la actitud de entrega mostrada día a día por Jesús. La idea acerca de los alcances de la generosidad sin límites de Jesús se amplía más adelante. Partiendo de Is 53, 10ss., Jesús esclarece el sentido de su servicio a la luz de la figura impresionante del Siervo doliente, haciendo ver cuán decisiva en su entrega será la muerte expiatoria que le aguarda. No hay duda que a la luz de esta Palabra de vida de hoy, nos hemos de sentir invitados a descubrir hasta dónde ha de llegar nuestro espíritu de servicio y en qué medida él sustituye la ambición implicada en el juego de la búsqueda del poder. Es obvio, además, que ese criterio de reinar sirviendo ha de ser el de todo cristiano. Incluso para aquellos que tienen responsabilidades en el seno de la comunidad cristiana. En la Iglesia se sirve y punto. Triste será la experiencia de quien viva aspirando a servirse de ella o intente posesionarse en su seno exigiendo, oprimiendo o buscando puestos de honor que alimenten su ambición. Y por relación, hoy también y de cara a lo indicado por Jesús, está muy claro también que él se refiere a todos los cristianos que viven su vida en medio del mundo, incluso la de aquellos que se desempeñan en funciones estatales. Su rol no ahoga su condición de mujer u hombre llamados a ser seguidores del Maestro en medio del mundo y de santificarse en su faena diaria. Y, siendo esa labor diaria la propia de quien sirve a los conciudadanos desde la función pública, ella ha de estar marcada por el deseo de ser útiles a todos y de dar lo mejor con una transparencia absoluta y evidente. ¡Nadie queda por fuera de las fuertes palabras de Jesús en este día! Mauricio Víquez Lizano, pbro.
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