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EDITORIAL

El clamor de la FAO

La desnutrición abate a Latinoamérica, mas prosiguen, invencibles, la falta de seriedad y diversas patologías políticas e ideológicas
La mayor parte de los países latinoamericanos padecen hambre, mas han tenido las mejores condiciones para vencerla


La Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) dio a conocer anteayer, Día Mundial de la Alimentación, un dato lacerante por su propio significado humano, así como por repetitivo y acumulativo. Se trata de las estadísticas definidoras de la realidad social de América Latina y del Caribe: el flagelo de la desnutrición, la expresión más visible y dolorosa de la violación de los derechos humanos en nuestro continente por cuanto afecta directamente el derecho a la salud y a la vida de varias generaciones, y determina, en cuanto a los niños, su futuro y con ellos el del propio país.

Las cifras son aplastantes. En América Latina y el Caribe, 52 millones de personas viven por debajo de los niveles de nutrición. La mitad de esta población se encuentra en los sectores rurales, especialmente en Centroamérica. En Costa Rica, la desnutrición afecta al 4% de la población, una cifra que, comparativamente, nos coloca en una posición aparentemente honrosa, pero que, en vista de su proyección humana y el esfuerzo realizado por el país en este campo por varias décadas, no debe admitirse y, mucho menos, ser motivo de complacencia, como si fuera un escalón en un ranquin deportivo. Por otra parte, el 7% de los niños menores de cinco años de la región es víctima de desnutrición crónica, la que, según expresa el representante regional de la FAO, en nuestra edición de anteayer, puede condenar al subdesarrollo a esta nueva generación de niños latinoamericanos.

El hambre, según estos datos, azota con más fuerza a Centroamérica, en particular a Honduras, Guatemala y Nicaragua. El 23% de los habitantes de Honduras no tiene qué comer. En Guatemala, un 23% de los niños sufre hambre crónica y en Nicaragua, un 27% de sus habitantes padece de desnutrición. A este terrible diagnóstico se deben agregar el azote de la naturaleza: terremotos, huracanes, inundaciones y sequías. No creemos que haya argumentos más poderosos que estos hechos para que los gobiernos y los pueblos centroamericanos tomen conciencia de su propia situación y para que los sectores supuestamente pensantes de Centroamérica modifiquen su discurso y sus posiciones ideológicas. La injusticia y la miseria no se combaten con proclamas ni con rencillas políticas.

La elocuencia de estas cifras golpea con más desesperación la conciencia si se advierte, como informa la FAO, que Latinoamérica produce tres veces la cantidad de alimentos necesarios para satisfacer a su población, que es actualmente la mayor exportadora de alimentos del mundo. No obstante, asentados nuestros países en esta riqueza, la cantidad de los hambrientos en los últimos años ha aumentado. Hay algo, entonces, que definitivamente no funciona y que no son, por cierto, los sistemas económicos aplicados, como se ha dicho, sino, en primer lugar, la política. Transferir la responsabilidad de esta tragedia social a los sistemas económicos es, lisa y llanamente, evadir la realidad y renegar de nuestra propia capacidad moral e intelectual.

Si se toma nota del estado de postración de la política de la mayor parte de nuestros países, de la falta de seriedad de partidos y dirigentes, del creciente populismo, de la corrupción, de la pésima gestión pública, de la gigantesca evasión fiscal, de los inmensos gastos militares y de la paranoia ideológica, que todo lo invade y lo entorpece, y que carcome y desvía la atención de lo esencial, quizá se lleguen a descubrir las verdaderas causas de nuestros males.

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