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Cuba y moral para otros No hay ningún costarricense que quiera ver a Costa Rica convertida en otra CubaFernando F. Sánchez C. Siempre me ha irritado esa desagradable “destreza” que tienen algunos para acomodar sus criterios, y justificar para sí mismos lo que censuran en los demás. Fernando Savater define esta manía como “moralismo” o “moral hecha para otros”. El moralismo genera una constante contradicción, pues “moral para otros” no implica “moral para mí”. Esta distorsión ética no es nueva. Nuestros abuelos la describían como “las pavas tirándoles a las escopetas”; y hasta Jesucristo la calificó como “ver la paja en el ojo ajeno”. Un claro ejemplo de esta lamentable forma de hipocresía es la campaña que entes adictos a la dictadura en Cuba han iniciado para desacreditar al presidente Arias y a la democracia costarricense. Por lo menos cuatro contradicciones convierten este triste incidente en un caso paradigmático de moralismo. Primero, las noticias en la prensa cubana parecieran describir La Habana y no San José. Atribuyen a nuestro Gobierno una especie de régimen de terror, en el que se silencia policialmente a la oposición y se oprime hasta a la Iglesia Católica. Insinúan además que aquí se manipula a los periodistas y que se realizan juicios políticos. Estos infundios retratan de cuerpo entero el régimen de Fidel Castro y explican por qué millares de cubanos han huido de su país. Así, lejos de enlodar a Costa Rica –la democracia más estable de América Latina– la prensa cubana pareciera denunciar el triste reflejo de una realidad captada frente a su propio espejo.
Cínicas acusaciones. Segundo, basta comparar la política exterior de ambos países para desnudar el cinismo de las acusaciones de La Habana. Cuba infló su aparato militar desde la Revolución, y periódicamente ha enviado agentes a desestabilizar varios países. Intervino militarmente en Angola en la década de 1970, patrocinó a las guerrillas centroamericanas a través del sandinismo y hoy espera perpetuar sus tácticas aliándose con Chávez en Venezuela. En contraste, Costa Rica fue el primer país desmilitarizado del mundo. Óscar Arias logró, sin derramar sangre, acabar con la guerra en América Central, por lo que obtuvo el Premio Nobel de la Paz. Y hoy, mientras Castro sigue propagando inestabilidad y caos en la región, el presidente Arias promueve el Consenso de Costa Rica: una propuesta que busca impulsar el desarme, la paz y el progreso, a partir de un gasto más ético en los países en desarrollo. “Por sus frutos los conoceréis”, reza la cita bíblica. Tercero, las publicaciones de Granma, periódico oficial del Partido Comunista Cubano, demuestran ignorancia o interés en deformar la realidad. Afirman que Costa Rica se “militariza”, y que bajo “estados de sitio” se despliegan “miles” de efectivos, antimotines, caballería, y quién sabe qué otros pertrechos bélicos “almacenados” en la fértil imaginación castrista. En Costa Rica esto es aritméticamente imposible. Hay un oficial de policía por cada 400 habitantes, aproximadamente. No obstante, estos trabajan en tres turnos, por lo que apenas contamos con un oficial en servicio por cada 1.200 ciudadanos. Flaco favor le haríamos a nuestra seguridad movilizando “miles” de policías en las actividades oficiales y desprotegiendo por completo el resto del país. Dos cosas quedan claras de todo esto: nos urge tener más policías, y el régimen de Castro ni se sonroja al atribuirle a otros sus propias prácticas. Puro realismo mágico. Finalmente, es propio del realismo mágico de García Márquez que Cuba se autoproclame como la gran defensora de la institucionalidad democrática en Costa Rica. En este sentido, es lamentable e incomprensible que algunos costarricenses, aun conociendo la historia de manipulación y totalitarismo del régimen de Castro, se sumen a una campaña de subversión y descrédito en contra de nuestro país. Es una afrenta a nuestra patria que para “defender” la democracia costarricense se procure el amparo de la última dictadura de América. La democracia es un valor esencial de los costarricenses: somos demócratas por nacimiento y por convicción. Por eso es inaceptable que una dictadura o sus admiradores nos vengan a dar lecciones de democracia. Ni la ignorancia ni la mala fe justifican el moralismo. Conozco bien a la comunidad cubana exiliada en mi país, que honrosamente incluye a la familia de mi esposa. Muchos de estos expatriados, nobles y trabajadores, sueñan con ver a su amada Cuba convertida en una Costa Rica. Pero estoy seguro, o al menos eso quisiera yo creer, que no hay ningún costarricense que quiera ver a Costa Rica convertida en otra Cuba.
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