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¿Sintrajap o sin trabajar? Luis Montoya Salas Consejo Universitario UNA Aunque las siglas Sintrajap del Sindicato de Trabajadores de Japdeva no son stricto sensu una apócope de ‘sin trabajar’, al menos son muy similares. Y la realidad lo confirma, de acuerdo con las últimas noticias referidas a los ¢470 millones que Sintrajap exige como pago de su convención colectiva. De esa suma, un porcentaje significativo de millones de colones se reparten entre los líderes sindicales, por concepto de horas extras no trabajadas por ellos… Se me ocurre que la gorra de líder sindical es como una patente de corso (pirata) para festinar el tesoro presupuestario institucional en frivolidades que solo a los “sintrajapeños” benefician. Los trabajadores atortugados le llaman a esa figura “derechos adquiridos”, gracias al estrangulamiento de cuellos blancos de expresidentes ejecutivos, de miembros de juntas directivas y de expresidentes de la República, timoratos y oportunistas. Tan acostumbrados están los dirigentes sindicales a estas prácticas que las asumen como su credo reinvindicador, con rango constitucional y respaldo democrático. Y hasta han hecho creer al pueblo limonense, uno de los más pobres del país, que si ellos son progreso, el Gobierno es tiranía. ¿Contempla el Código de Trabajo, la aberrante práctica de trabajar yo para que le paguen a otro que no hizo su parte, solo porque es líder sindical? Sin duda, los sindicatos de hoy destruyeron el prestigio y el poder de convocatoria que tuvieron sus homólogos de las últimas tres décadas del siglo XX. Con nostalgia (que no con melancolía) se recuerdan las huelgas de Alcoa, por la defensa de nuestras riquezas minerales; por la defensa del precepto constitucional del financiamiento a la enseñanza universitaria pública superior. Y, más recientemente, por la defensa institucional del ICE (el mal llamado ‘Combo’). Miles de costarricenses defendimos en las calles principios y convicciones, nunca prebendas ni beneficios gremiales. Con el cambio de paradigma geopolítico mundial de finales del siglo XX, también cambiaron nuestros principios, valores y normas. Y los sindicatos más poderosos del país sacaron provecho propio, del río revuelto. Algunos de ellos traicionaron la filosofía de un movimiento, cuyas raíces son nobles y dignas. Hoy, los sindicatos grandes, con sus clubes campestres, sus becas, sus vacaciones pagadas han cavado sus propias tumbas, al tiempo que agudizan las diferencias sociales y contribuyen al empobrecimiento del país. Abusan de la responsabilidad sindical, sin importarles su responsabilidad social. Hoy, esos sindicatos solo tienen del pasado la retórica hueca que no convence a un pueblo, cansado de sus prebendas millonarias…
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