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Niños en venta Yalena de la Cruz Odontóloga De la Antigua Guatemala y sus alrededores recuerdo sus calles adoquinadas, sus arcos, iglesias, conventos, la Antigua Universidad de San Carlos y su hermoso aire colonial, pero, sobre todo, las escenas humanas: mujeres dobladas en las pilas de los lavaderos públicos de Sololá con un niño a su espalda y unos cuantos más a su alrededor, o con ventas ambulantes en repetidos cuadros de numerosa descendencia y pobreza; las adolescentes con dos y tres chiquillos a cuestas; la miseria de niños trabajadores –tantas veces descalzos– en variados oficios: venta de periódicos, comidas y artesanías, entre otros empleos visibles; un generalizado analfabetismo de una población misérrima, sin acceso a salud y agua potable, y en condiciones de vivienda poco dignas para un ser humano... No conocí la nueva Capital, pero hoy me cuentan que sus mejores hoteles tienen una particularidad: venden artículos para bebés (cunas, ropa, etc.), como parte de los servicios que ofrecen a quienes se hospedan mientras adquieren un menor de edad. Tres costarricenses que asistieron recientemente a un seminario me narraron sus angustias cada noche, cuando el llanto de los niños les arrullaba el sueño, y la sensación de impotencia frente a los salones repletos de niños en cunas, observados por los posibles adquirientes como si fueran mascotas: les revisan el color de ojos, la forma de las orejitas y hasta optan por subirles y bajarles los bracitos, y ver la forma de los pies y de sus dedos, su sexo... Así, los niños son escogidos entre cientos que ofrecen sus padres y a veces hasta sus abuelos.
Ilusión y desgarramiento. Las escenas pueden ser conmovedoras ante el cariño y la delicadeza con que los extranjeros cargan a los niños, y generadoras sentimientos ambiguos entre la visible ilusión de una pareja por adquirir un bebé y la madre que desgarradoramente entrega su hijo por dinero, con la única seguridad de que nunca más sabrá de él y quizás con la esperanza de que le espere un mejor futuro que a su lado. La causa de este evidente mercado de adopciones es muysimple: Guatemala no ha ratificado el Convenio de La Haya que regula esta materia y, como señala Unicef, las adopciones se dan, en un 99% de los casos, por una formalización del trámite ante un notario y sin controles, y solo el 1% de las adopciones se da en sede judicial. Las cifras oficiales indican para el 2002 un total de 2.931 adopciones internacionales y 62 nacionales; pero los números parecen aumentar pues, según la prensa guatemalteca, en el 2005 los estadounidenses adoptaron 3.748 niños guatemaltecos. Aunado a lo anterior, estos hechos ocurren porque hay muchas familias que no pueden concebir y desean adoptar, y en sus países los procedimientos son largos y engorrosos, y esa ineficiencia de los entes estatales es el mejor caldo de cultivo para el negocio privado de la compra y venta de menores. Dolorosos fines. Cuidado y en otros lares no se esté siguiendo el mismo camino de las adopciones directas convertidas en negocio con fines diversos como tráfico de órganos, esclavismo (“trabajo infantil”), explotación sexual comercial y videos pornográficos, o realmente con el fin de adopción por parte de una familia. Guatemala nos da la alerta y sus niños exigen, en esta hora, que la comunidad internacional le exija al gobierno del presidente Óscar Berger la ratificación del Convenio de la Haya para garantizar que el interés del menor prevalezca sobre el negocio económico, que la pobreza no sea causal para declarar a un menor en abandono, que la adopción nacional prevalezca sobre la internacional y que se establezca una Auto-ridad Central estatal eficiente en la verificación de todos los procesos que conllevan finalmente a una adopción y garantice su gratuidad y el seguimiento internacional de los niños.
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