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En Vela Julio Rodríguez envela@nacion.con Quienes trabajamos en La Nación hemos experimentado, en estos días, la más aleccionadora de las paradojas: la presencia de la vida y de la muerte, del gozo del triunfo y del zarpazo del dolor y, sobre todo, por la meditación en el transcurso del tiempo, la perenne dialéctica entre el todo y la nada. ¿Por qué el todo y no la nada? ¿Por qué el todo antes que las partes? ¿Qué somos, realmente, de dónde venimos y hacia dónde vamos? Bueno, todas estas cuestiones no competen, por supuesto, únicamente a los que trabajamos aquí. Son el pan cotidiano, queramos o no, racionalicemos o no, disimulemos o afrontemos la realidad, en todos los hogares y en todas las conciencias. Un periódico –historia diaria, notariada o efímera– de alguna manera lo ejemplifica. Los lectores de La Nación hojearon y ojearon ayer –un ejercicio renovador– el “Retrato de las seis décadas” de La Nación (1946-2006). La Nación cumplió ayer 60 años. Uno de sus directores actuales frisaba apenas los 10 años, y el noventa y nueve por ciento del equipo del Grupo Nación, desde las jefaturas hasta los pregoneros en la calle, era solo un pensamiento de Dios. ¿Qué digo? De los 4 millones y resto de la población actual de Costa Rica solo 750.000, entre hombres y mujeres, había nacido. El tránsito de aquellas ruidosas máquinas de escribir y de aquellos linotipos a la moderna tecnología de punta de hoy solo es comparable, lejanamente, con el paso de la carreta con bueyes a Intel. Por eso precisamente, la lectura de este suplemento de ayer de La Nación es, en verdad, además de una lección vívida de historia, el drama de la existencia: vida y muerte, victoria y derrota, cambio o rutina, esfuerzo y conquista, sima y cima, en fin, la trilogía definitiva: vida, muerte y resurrección. Los que ayer fueron y hoy no son, simplemente nos precedieron. Los que hoy somos y mañana, no más, ya no seremos en la historia, vivimos por la esperanza de que por siempre seremos. Ayer cumplió La Nación 60 años, más lozana y vibrante que al nacer. El primer árbol plantado reventó en un bosque umbroso y pujante. Esta efeméride la desafía en otra encrucijada de Costa Rica. Sin duda, dará la talla y, dentro de 40 años, otros lectores ojearán en ella –hojeando y rumiando– las piedras miliares de nuestra historia y del mundo y comprobarán que La Nación habrá devuelto, con creces, lo que hace 60 años se le confió. Que el temple y talento de Luciano Cisneros, que esculpió esta fecha, nos fortalezca y que la aristocracia del espíritu de Rodrigo Madrigal Nieto, heraldo de lo mejor de Costa Rica y honra del periodismo nacional, nos ilumine.
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